Alas del Paraiso

¿Hay alguien ahí?

Je, qué demonio, como si alguien fuera a contestarme.

Mi nombre es Ruri Callahan y, si estás escuchando esto, yo estoy muerto y tú muy, muy jodido. Pero tenemos tiempo, ¿verdad? Porque supongo que ya habrás visto a “eso”. Si no lo hubieras visto no me estarías escuchando. Oh, bueno.

Permíteme darte la bienvenida a la Isla de Gea, una roca volcánica gigante en medio del Pacífico a la que nadie quería ir, por buenas razones. Los isleños de los archipiélagos cercanos cuentan cosas como que está maldita y similares. Me había parecido entonces que era gilipollas, pero ahora creo que puedo darles la razón. A lo que iba. Isla de Gea es un pedrisco negro en medio del mar que ha desarrollado su propia flora y fauna por aquello de que el aislamiento empuja a la evolución y toda esa jerga científica. Que se presentara un niñato urbanita en busca del descubrimiento del siglo era solo cuestión de tiempo.

De hecho, fueron varios. Científicos, investigadores de alguna prestigiosa universidad, todo ellos buscando la fama y la palmadita en la espalda. Y un buen pellizco de dinero, he de suponer. No conocí a ninguno, así que no te podría decir. Seguramente tampoco te importa, ¿verdad? Bueno, yo te diría que te quedaras un rato más, no corre prisa salir afuera, ¿no crees? En cualquiera de los casos, yo y mis compañeros no fuimos los primeros en pisar esta isla. Espero que seamos los últimos.

Verás, el grupo de universitarios locos de repente desapareció. Dejó de comunicarse con tierra. Se habrán encontrado con algo que de verdad valga la pena y estarán tan excitados que habría que llevarlos atados de vuelta al campamento, pensaba yo. No es como si alguno de esos locos sepa siquiera dónde se mete. Eso es más o menos lo que pensaba, pero alguien en el continente se puso nervioso, y decidió que lo mejor era mandar un equipo de rescate por si las moscas. Ya se sabe, esos cerebrines cuestan demasiado como para perderlos así como así. Así que cogen a un equipo de especialistas en rescate y supervivencia, en el que me encontraba incluido, y lo mandan a esta isla sin saber lo que había aquí. De acuerdo, no es como si hubieran podido saberlo. Pero si alguien está escuchando esto y no te advirtieron, espero que tu familia les pueda sacar una buena indemnización a esos cabrones, porque se lo merecen.

El caso es que ahí íbamos nosotros seis, Steve, Jonathan, Sommers, Lizzie, el Capi y yo, a rescatar a esos mamelucos. Nada del otro jueves, ver como estaban, evacuar a los heridos, darles un par de gritos por irresponsables y volvernos por donde habíamos venido. La operación se presentaba tan fácil que daba risa. Deberíamos haber sospechado, ¿verdad? En las películas, cuando algo parece fácil es cuando todo se va a la mierda, y la vida real tiene mucha más mala leche que la ficción. Pero no nos lo vimos venir. Como para ver venir a “eso”. ¿Tú te lo esperabas? Porque yo, sinceramente, ni de coña. Ahí nos ves a los seis, con el capitán a la cabeza, rastreando la playa de piedrecitas negras esperando encontrar un campamento con alguien dormido en una tumbona que pudiera decirnos a dónde se habían ido los cerebrines.

Encontramos el campamento. Vaya que si lo encontramos.

Si has llegado aquí, supongo que tú también lo habrás visto, ¿verdad? Un auténtico desastre, como si lo hubiera golpeado un huracán o algo así. Tiendas destrozadas, cacharros electrónicos carísimos reducidos a chatarra, y ni rastro de las personas que lo ocupaban. Bueno, miento, había algún que otro rastro de sangre, pero nada que pudiera indicar el estado de los de la expedición. Steve encontró un par de senderos abiertos con machete, siempre tuvo un mejor ojo para esas cosas. Pobre Steve. Como no teníamos muchas otras pistas, seguimos aquel camino, si es que podía ser llamado como tal.

¿Sabes todo eso en las películas en las que la selva está silenciosa y eso quiere decir que algo malo viene? Ni de coña. No sabía que una isla habitada solo por pájaros, insectos y alguna tortuga descarriada tuviera tanto ruido. Seré sincero, no había nada, nada en absoluto que indicara que aquí hubiera “algo más”. No había siquiera rastro de la gente a la que veníamos a buscar. Nada de nada de nada.

No sé si habrás seguido el mismo sendero que nosotros cuando llegaste aquí. Si lo has hecho, sabrás a qué me refiero. El camino llegaba hasta una especie de montaña, supongo que los restos del volcán que dio origen a esta isla, y se dividía en dos, hacia el oeste y el noreste. El Capitán decidió que nos dividiéramos; Sommers, Lizzie y yo hacia el oeste, y Steve, Jon y él por el otro lado. No era mala idea, cubrir más terreno separándonos, y enviaba con el otro grupo a Sommers, que era el que más experiencia tenía. Y allí fuimos los tres, en dirección oeste.

Durante un rato, solo vimos árboles y más árboles, hasta que llegamos a una especie de picado, lleno de rocas quebradas, y afiladas como puñales, junto con los restos de vegetación que parecían indicar algún derrumbamiento. Al principio todo parecía normal, hasta que empezamos a ver zonas manchadas de algo rojo, más de un marrón rojizo, y comenzamos a fijarnos más. Pronto descubrimos que entre la vegetación desgarrada había cosas que no eran vegetación. Pude apenas reconocer lo que parecía un torso completamente destrozado.

Lizzie gritó. Pero el grito quedó tapado por otro grito y un graznido infernal. Luego un aleteo sobre nuestras cabezas, y algo cayendo. Un cuerpo. Cayó sobre las rocas y quedó completamente roto, pero reconocería esa horterada de camiseta a kilómetros. Pobre Jon.

Miramos arriba, pero apenas pudimos ver algo más que un destello verdoso. Tuvimos que calmar a Lizzie antes de volver sobre nuestros pasos, esperando encontrar… No sé lo que esperábamos encontrar, la verdad. Cualquier cosa que nos dijera que aquello no había pasado, o una explicación, lo que fuera. Menos lo que nos encontramos. Aunque después de aquella carrera, no encontrar a nadie, ni siquiera al Capi, debíamos habernos figurado que era lo que íbamos a ver. Una vez pasamos el cruce, no tardamos en encontrar los restos de un cuerpo, a mitad de una cuesta que comenzaba a trepar montaña arriba. El torso destrozado, y el rostro retorcido de dolor de Steve, en aquel área bañada en rojo… Sinceramente, no creo que nadie pueda condenarnos por nuestras reacciones. Espero que a las plantas les guste lo que tiene mi estómago, porque vomité hasta la primera papilla.

Lizzie estaba histérica, riendo y llorando y sin reaccionar a nada. No sabíamos qué había pasado, ni donde estaba el Capi, pero lo que estaba claro es que quedándonos ahí no íbamos a solucionar nada. Lo que hubiera hecho eso podría volver en cualquier momento. Sommers y yo tuvimos que subir a Lizzie a rastras camino arriba. Durante unos agónicos minutos, solo veíamos la piedra negra, sin un solo recodo donde poder ocultarnos. Esperábamos escuchar aquel chillido diabólico sobre nuestras cabezas. Pero supongo que por el momento había estado satisfecho, o estaba en otro lado, porque no nos siguió ni vino a por nosotros. Creímos ver nuestra salvación al encontrar una apertura en la roca, una especie de cueva. Nos apresuramos a entrar. ¿La has visto? El olor era asqueroso, pero en aquello momento no nos preocupaba demasiado, mientras no nos encontráramos con aquella cosa verde que habíamos entrevisto. Soltamos a Lizzie, que no se movía, ni parecía estar viendo nada. Estaba en shock, y no se lo puedo echar en cara.

Pero no estábamos solos. Aunque supongo que eso te lo habrás figurado si encontraste la cueva, ¿no? Bueno, es posible que te pienses que ese era Sommers. Pero no.

El tipo… supongo que era uno de esos científicos que habían venido a la isla. O vete tú a saber. Estaba desquiciado por completo, hablando de pájaros, y monstruos y que se yo. Aunque tal y como estaban las cosas lo que dijera no nos hubiera sonado a locura precisamente, no habiendo visto a un colega caer desde el cielo, tal y como actuaba puedo decirte que no estaba en sus cabales. Quiero decir, primero se pone a despotricar, luego se calma, y luego… Luego se tira con un machete a por nosotros dispuesto a matarnos. Sommers y yo nos quitamos de en medio. Lizzie… la cara que quedó incluso después de que la cortara de parte a parte era como la de una oveja en el matadero… o puede que más bien la de un conejo que ve venir la luz de un coche… Dios, odio recordar eso. Nos tiramos encima de ese loco, pero ya era demasiado tarde. Lo único que podíamos hacer era intentar quitarle esa cosa para que no fuéramos nosotros los siguientes. Conseguí quitarle el cuchillo mientras Sommers le agarraba, pero el loco ese le dio un buen puñetazo, Sommers le soltó y… Bueno, ya habrás visto el resultado. Dios, que asco de sitio.

Encontramos una escopeta allí. Nos extrañó que el tipo no hubiera usado ese cacharro con nosotros hasta que vimos que no tenía munición, fuera esta la que fuese. Qué hacía una de esas cosas ahí… Bien, he de suponer que alguno de esos capullos no era un científico. O si lo era, no uno de los buenos y razonables que te imaginas con una camiseta de Einstein sacando la lengua. Como no nos iba a servir de mucho, dejamos la escopeta allí y nos llevamos el machete. No es que nos fuera a servir de mucho, pero, hey, llevar un arma siempre da una sensación de seguridad, por falsa que sea, ¿no crees? Dejamos ese antro atrás y seguimos subiendo la pendiente, esperando encontrar un sitio mejor para meternos.

Y llegamos aquí. Hogareño, ¿verdad? Bueno, supongo que habrás visto la caja con municiones, que no sé cómo demonios llegó aquí. ¿Mala leche por parte del de ahí arriba? Pues mira, no te diría que no. ¿Por qué cojones tenía que estar la escopeta allí abajo? ¿Cómo demonios llegaron las cosas aquí arriba? Supongo que si alguno de aquellos niñatos a parte del grillado ese siguiera con vida me lo podría explicar.

Por cierto, no vayas muy al fondo. Ese pasillo lleva hasta la chimenea del volcán. La caída en picado debe ser morrocotuda.

Pero volviendo al tema de la munición, la escopeta y demás. Ni Sommers ni yo estábamos para más caminatas, no después de todo ese follón, y decidimos descansar mientras pudiéramos. Seguíamos sin saber qué demonios se había cargado a nuestros compañeros, ni donde estaba el Capi, pero podíamos hacer una buena suposición sobre su actual estado. Trazamos un plan: agarraríamos unos cuantos cartuchos para la escopeta en la esperanza de que valieran, bajaríamos corriendo a la otra cueva, cargaríamos el dichoso trasto, y con algo de potencia de fuego regresaríamos a la lancha, intentaríamos avisar a alguien por radio y nos largaríamos con viento fresco. Nuestra idea principal era convencer a alguien de que bombardearan este sitio con NAPALM. O algo así. Supongo que la idea no llegó a buen puerto, ¿eh?

Al día siguiente bajamos. Había otros ruidos, ruidos que no habíamos escuchado la tarde anterior. Sommers y yo no nos dijimos nada, pero dada la prisa que llevábamos, creo que los dos estábamos de acuerdo en que no era buena señal. Llegamos a la otra cueva, que ahora apestaba aún más, con lo que la primera parte de nuestro plan parecía salir bien. Cargamos la escopeta. Sommers sabía mejor que yo cómo manejar esos cacharros, así que era él el que la llevaba. Bajamos con aún más prisa, esperando llegar de nuevo a la playa. Y cuando llegamos al sitio en el que habíamos visto los restos de Steve, lo pudimos ver, a aquello que había estado matando a todos.

Precioso.

Un pájaro gigantesco, más grande que un águila, que un cóndor, que… Qué demonios, he visto aviones más pequeños. De plumas verdes iridiscentes a la luz del sol, con algunas de color azul celeste y rojo, y una larguísima cola. Una verdadera preciosidad. Me recuerda a uno de esos pájaros de Centroamérica, o Sudamérica, o qué se yo. Quetzal, creo que los llaman. El sueño de todo científico, y de muchos cazadores, un ave tan jodidamente rara que solo puede haber una en el mundo. Ya podrías ver los titulares en todos los periódicos.

Habría sido estupendo de no ser porque se estaba comiendo los restos de Steve.

Si saliera de aquí, un psicólogo se haría de oro tan solo teniendo que eliminar todas las fobias que me ha causado esa imagen.

Durante una eternidad, nos quedamos mirando a ese pájaro, como si estuviéramos hipnotizados. No puedo hablar por Sommers, pero yo solo podía mirar ese pico manchado en sangre. No creo que estuviera siquiera pensando, o por lo menos no recuerdo lo que estaba pensando. Pero entonces ese maldito bicho soltó un grito y los dos logramos reaccionar. Sommers, que llevaba la escopeta, disparó, pero creo que estaba tan sorprendido, o tan horrorizado, que el tiro se fue a un lado. Vamos, que no le dio. El bicho ese comenzó a batir las alas, y casi parecía que hubiera montado un huracán él solito, porque yo salí volando y caí despatarrado contra la pared del volcán. Me di una buena torta, y me quedé como tonto. Cuando por fin pude ver de nuevo, Sommers acababa de recargar la escopeta, pero antes de que pudiera disparar, ese pajarraco le pescó y comenzó a darle sacudidas.

La escopeta salió volando, de una manera muy similar a como había hecho yo. Fue un milagro que no se disparara. Salí corriendo a cogerla, y justo cuando lo hacía, oí un sonido… ¿Has oído alguna vez reventar una sandía? Podría decirte que es similar, pero no te harías muy a la idea de lo que se siente. Así que mejor no lo sepas. Tal y como están las cosas, y si estás oyendo esto, puede que lo hayas escuchado ya. Pero supongo que con todo esto no tendré que decir con lo que me encontré cuando me giré. No… quiero hablar de ello.

Disparé a ese pajarraco. Directo al pecho. Y le di. No creo que le hiriera de gravedad, pero le hice daño. Vaya que sí, menudo grito pegó. No debía estar acostumbrado a que las cosas le hicieran daño, porque salió volando de inmediato. Claro que yo estaba tan aterrorizado que salí corriendo de vuelta hasta la cueva de arriba, es decir, aquí.

No me atreví a salir en todo el día, porque no hacía más que escuchar los gritos de esa cosa. Por la noche, cuando se calló por fin, intenté volver a la lancha. No sé cómo no me maté en el camino.

¿Por qué estoy aquí, preguntas? ¿Contando esta historia cuando debería haberme largado con viento fresco? Te lo diré. Puede que ese pajarraco de ahí afuera no tenga mucha resistencia al dolor, pero es asquerosamente listo. Parece que no solo le ha cogido gusto a la carne humana, sino que además ha desarrollado la inteligencia necesaria como para saber cómo evitar que sus presas escapen. No sé si sería mientras Sommers y yo dormíamos, o mientras yo me escondía en esta cueva, pero el bicho destrozó la lancha, y la mayor parte de nuestro equipo. Sin un método para salir de la isla, era cuestión de tiempo que me pillara. Sí, demasiado listo.

Llevo aquí ya unos días. Duermo por el día en la cueva y salgo por la noche. He recogido el poco equipo que quedaba entero de lo nuestro y lo de los tipos de la universidad y lo he traído hasta aquí. No es gran cosa. Hay comida, animales que cazar, por lo que en principio podría estar aquí hasta que alguien un poco más preparado venga… Pero, la verdad, no tengo demasiadas esperanzas. Así que voy a jugar mi baza.

No quiero usar la escopeta. Si fallo y tú, iluso, has caído en este sitio, vas a necesitarla. Me he quedado con unos cuantos cartuchos, eso sí. Tengo una idea de cómo reventarle a ese bicho la cabeza. Aunque, si estás escuchando esto, eso quiere decir que la he pifiado, y que vas a tener que buscar otra cosa.

Solo puedo esperar que esa cosa no decida después irse a buscar la cena a las islas cercanas. No creo que tarde mucho en deducir que ahí fuera le espera un plato suculento.

Si escuchas esto, por favor… Sea lo que sea en lo que creas, reza por mi alma. Lo va a necesitar.

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