La Caza

Es una fría noche de invierno. Una ligera llovizna empapa el suelo de la ciudad. No parece que esto achante a las masas de jóvenes que recorren las calles de bar en bar, de discoteca en discoteca, buscando sencillos placeres carnales, bailando, bebiendo, riendo y disfrutando como si el mundo fuera a acabarse a la mañana siguiente. Para algunos de ellos es más que probable que el mundo, tal y como lo conocen, termine antes del amanecer.

Él lo sabe mejor que nadie. Él ha dado muerte a muchos de esos pequeños mundos de felicidad falsa, y ha disfrutado con cada uno de ellos. Es el lobo entre las ovejas, y este rebaño es tan estúpido que le ha confundido con el perro pastor. Mejor así, pues podría disfrutar del placer de arrebatar mundos, sueños y deseos, de ver desaparecer la vida de unos ojos asustados, durante todo el tiempo que quisiera, si tenía cuidado. Y lo tiene. Tiene mucho cuidado. Nadie comprende lo que es saborear la sangre, la muerte; temen lo que se oculta tras la desaparición de una persona, la belleza del fin. Y porque lo temían, intentarían acabar con él en cuanto lo descubrieran. Si lo descubrían, claro.

Observa a su alrededor las caras sin nombre, las sonrisas abotargadas; las risas vanas, vacías, asaltan sus oídos, al igual que aquel ruido horrendo que dan en llamar música. Los rostros de ojos embotados por el humo, el alcohol y otras sustancias mucho menos inicuas, pasan a su lado sin prestar atención a su presencia. Una sonrisa lobuna asoma a sus labios, incapaz de reprimirla.

¡Oh, es tan fácil!

Y entonces la ve. Parece como si la multitud se apartara para permitirle admirarla. Es delgada y pálida y hermosa como una rosa blanca. Su cabello es negro como ala de cuervo, y está recogido en un trabajado moño, digno de ser lucido en mejores circunstancias. Su rostro está cubierto por una ligera capa de maquillaje oscuro que resalta su palidez. Viste una falda cortísima y una camisa que se pega a su cuerpo como una segunda piel. Sus largar y delgadas piernas están cubiertas por medias oscuras, y calza botas de tacón. En aquella luz parece estar dibujada en blanco y negro. Está bailando,¡y cómo baila! Es grácil y flexible, y sus movimientos parecen invitar a cualquiera a acompañarla en un viaje al placer.

Pero lo más impactante de todo el conjunto son sus ojos.

Durante los escasos segundos en que sus miradas se cruzan, observa los iris castaños, brillantes, cristalinos, llenos de brillo y de vida. No hay en ellos la menor sombra, el menor atisbo de droga o alcohol. Son límpidos y hermosos como lo es ella. Una sílfide cruel oculta entre los humanos. Una grácil gacela, bella y frágil.

Y la desea. Desea verla en sus manos, temblando de miedo, mientras esos orbes cristalinos se apagan lentamente. Desea apagar esa llama de vida, tan brillante entre las otras. El solo pensar en ver como los sueños, deseos y metas de esa diosa oscura se desvanecen en el olvido le hace temblar de placer. Sí, decide, ella será su presa esta noche. La caza va a comenzar.

Toma sus primeras precauciones. Acaba su copa con calma, la paga y sale. Sabe que, cuanto más normal parezca, menos se fijarán en él. Busca un lugar resguardado de la fina llovizna y espera. La chica se toma su tiempo, pero eso a él no le preocupa. Nadie le relacionará con el caso si ha estado fuera mucho antes que ella. Y paciencia no le falta. Poco a poco, la lluvia amaina, hasta que al fin cesa. Sale y entra gente del local, pero son cada vez más los que se marchan que los que llegan. Y, por fin, sale ella.

A la luz de las farolas es aún más pálida, si bien lo que parecían ropas negras se descubren tintadas de un rojo profundo, fuerte, que recuerda al vino tinto. Su maquillaje va a juego con su ropa, sus gruesos labios invitando al beso. Y el rumor del deseo de sangre, que se había estado apagando, vuelve a él con más fuerza que antes. Desea tomar su sangre, probar su carne. Le acucia un hambre para él antes desconocida.

Ella comienza a caminar, tranquila, sin preocupación alguna en el mundo que la rodea. Él la sigue. Procura llevar un paso despreocupado, como si siguiera el mismo camino que ella. Ella no le presta atención, ni siquiera cuando abandonan las calles llenas de gente y se aventuran en la parte más oscura y tétrica de la ciudad. Sonríe, una sonrisa de lobo, viendo como la joven gacela se detiene, como si olisqueara el peligro, pero sin saber de dónde o cómo va a llegar. Se acerca, silencioso, hasta que solo les separan un par de pasos. Se detiene, ya saboreando la adrenalina que viene con el salto final.

—Hola, pequeña— susurra, mientras su sonrisa se ensancha en anticipación.

Ella se vuelve, despacio.

La sonrisa en el rostro de él se congela cuando la descubre mostrándole una mueca feral de burla, labios rojo sangre contra blanco cadavérico, un anuncio de muerte. Se queda paralizado. Ella acaba de girarse, y deja de recordarle a una gacela. Parece más bien un águila, elegante, ágil... Y mortífera. La joven se le acerca, y mira con fascinación las puntas de unos caninos excesivamente grandes. Le rodea con sus delicados brazos, y descubre que tienen más fuerza de la que él pensaba. La joven acerca su boca a su oreja.

—¡Hola, pequeño!— murmura, antes de posar sus labios sobre el cuello de él.

Y muerde.


Observar el cadáver en el suelo, con el regusto metálico de la sangre en la boca, un sabor que ama y odia al mismo tiempo. Nota esta vez, además, el fuerte sabor del alcohol, y el sutil toque de la locura. Lo que, a la larga, lleva a todos a la muerte, medita, mientras aplaca el sentimiento de repulsión hacia sí misma.

Hace ya mucho tiempo que es esto, un monstruo sediento de sangre, en toda la literalidad de la expresión. Apenas recuerda el tiempo en que ella también caminaba bajo la luz del sol. En que era humana. Tal vez por es por eso por lo que se mezcla entre ellos, entre los humanos. O tal vez sea por un extraño instinto. Por la noche, camina entre ellos, intentando no olvidar lo que una vez fue, mientras busca a alguien que sacie su sed durante un tiempo.

Le ha estado persiguiendo durante días, en este caso, empujada no solo por su sed, sino también por un extraño sentimiento de justicia retributiva. Sabe lo que él es, lo que él era: un loco, un asesino, un monstruo con figura humana. Ha estado asesinando a varios jóvenes en los últimos meses. Ella conocía a algunos de ellos, había encontrado solaz en su compañía, algo que en circunstancias normales le está vedado. Deseaba saldar la deuda pendiente con aquellos que habían aceptado sin preguntas ni reservas su amistad, y que ahora están en un lugar lejano que ella no puede alcanzar, allí donde se alza la muralla que la separa de la paz verdadera y final, aquella que desea y al mismo tiempo no se atreve a buscar. Él se los había arrebatado, y ella le ha arrebatado a él todo lo que él deseaba y buscaba.

Se da la vuelta, asqueada, y se adentra entre las sombras. Siente su corazón vacío, pero ha estado vacío desde hace mucho, y seguirá así durante un largo tiempo. Y lo último que muestra antes de desvanecerse por completo en la noche es una sonrisa feroz de dientes afilados.

¿Qué mejor que un monstruo para cazar a otro monstruo?

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