Cualquier persona que hubiera recibido algunas
nociones de economía y política sabría que Kaer Thross, la ciudad estado
levantada siglos atrás en el extremo del Cabo de Puente Estrella, era
probablemente uno de los lugares más ricos del mundo. Era el puerto más cercano
al continente de Kouryo, la última parada tras enfrentar los peligros del
Océano Negro, o la primera tras el agotador viaje. Sin embargo, la mayoría de
la gente no solía reparar en que detrás de los magníficos edificios
gubernamentales, y las altas mansiones de los mercaderes, estaban las casas de
aquellos que no eran tan afortunados. Y, fuera de la muralla que una vez
protegiera la ciudad de posibles invasores, estaban los barrios pobres.
Allan Van Dale era uno de los pocos miembros de la
guardia que podía recorrer aquellas calles sin problemas. Al principio, su
intromisión era tolerada porque, a pesar de su excelente educación, muchos
todavía recordaban que los pies de aquel joven esgrimista habían corrido
desnudos por aquellas calles tiempo atrás. Luego, con el tiempo, la tolerancia
se convirtió en abierta simpatía a medida que Allan mostraba su buen juicio y
su carácter conciliador. Estaba allí para hacer un trabajo, eso era algo que
todos sabían, pero el joven sabía cómo hacerlo sin causar daños a los que no
estaban relacionados. Su aparición en las calles solía significar que había
algún tipo de problema, por supuesto, pero su presencia tendía más a
resolverlos que a causarlos.
Allan no lo admitiría, pero la verdad es que se sentía
incómodo. Entrar en aquel lugar le hacía rememorar el pasado, una parte oscura
de su vida donde lo que había reinado era el hambre y la desesperación. Había
dejado todo aquello atrás, sí, pero no podía evitar preguntarse por todos
aquellos que habían seguido atrapados en aquella situación. Él había sido
terriblemente afortunado. Cada vez que daba un paso por aquellas calles que los
miembros del Consejo de Mercaderes había parecido olvidar por completo, se
preguntaba si se encontraría con alguno de sus antiguos amigos. Era un riesgo
que admitía.
En este caso, sin embargo, temía que más que un
riesgo, era una certeza.
Era un caso relativamente sencillo, si le preguntaban.
Un ladrón, un ratero de las calles, había robado más de la cuenta, y había
acabado enfureciendo a los vendedores del mercado. La gota que había colmado el
vaso había sido un asalto a un mercader de baratijas. No había robado
demasiado, había admitido el hombre, pero en este caso el ladrón lo había
golpeado, y en su paso había herido a otras dos personas. A nadie le gustaba
los ladrones, y menos aún a los que no respetaban las vidas de los que sufrían
sus crímenes. Por ello, habían acudido a la guardia. Y porque se pensaba que el
ladrón había huido a los barrios bajos, se le había encargado a él
la tarea de encontrar al hombre y capturarlo.
No fue difícil encontrar un rastro. Antes siquiera de
que hubiera podido preguntar, las murmuraciones le dieron bastantes pistas
sobre el ladrón. Poco a poco, caminó hacia una zona de los barrios bajos donde
las casas eran más viejas y, en la mayoría de los casos, parecían a punto de
venirse abajo. Casi nadie habitaba ya allí. Lo sabía mucho mejor que nadie.
-Esta vez nos ha ido de poco- dijo un muchachillo de
cabellos rojizos, cortados de forma muy irregular-. Ese mercader casi nos
pilla.
-Tal vez deberíamos dejar esa tienda durante un rato-
comentó la única niña del grupo. Podría haber sido bonita, pero su cabello
moreno estaba sucio y enmarañado, y su rostro infantil tenía ya las marcas de
una vida dura.
-¡No habría pasado nada si no hubiéramos llevado a
este inútil!- se quejó un chaval algo más alto, de cabellos pardos, mientras
golpeaba al más pequeño del grupo en la cabeza.
El niño, cuyo pelo estaba tan sucio que apenas sí se
adivinaba su tono rubio pálido, se llevó las manos a la cabeza, pero no emitió
queja alguna.
-¡Eh, basta!- el más mayor de todos los niños, con el
pelo negro como el tizón, golpeó a su vez al chico de pelo castaño-. No ha sido
culpa suya. El mercader nos estaba esperando y nos vio. Allan lo ha hecho mejor
que tú.
-Pero, Rubb…
La niña se acercó a Allan, que seguía frotándose
suavemente donde había recibido el golpe, y lo abrazó. De los cinco, él era el
más pequeño, y los otros solían meterse con él. Pero Allan nunca decía nada, ni
lloraba siquiera. Respondió al abrazo con uno propio, como si fuera ella la que
necesitara el apoyo, y no él.
Tal vez porque todavía su pequeña mente no había
asimilado que sus padres no iban a volver. O tal vez fuera, simplemente, que lo
que estaba haciendo simplemente era sobrevivir.
La casa era mucho más pequeña de lo que le había
parecido cuando era niño, aunque era algo bastante normal. Seguía siendo un
edificio abandonado, desvencijado, con unos cuantos cristales rotos de más. Los
pocos que quedaban intactos estaban turbios de suciedad y polvo y años. Sin
embargo, si se fijaba mucho, podía ver las marcas de alguien que vivía allí:
algunos tablones no eran tan vetustos, y la puerta no parecía haber sufrido
tanto el paso de los años. Alguno de sus antiguos amigos todavía vivía allí. O
eso, o alguien se había instalado justo en la misma casa, lo cual sería
demasiada casualidad.
Allan se acercó con paso ligeramente inseguro hacia la
puerta, y tomó el picaporte con la mano derecha, la mano izquierda descansando
en la empuñadura de su espada. Durante unos breves instantes se preguntó si
debía desenvainarla. En general, habría sido una medida de precaución bastante
acertada: aunque no había causado graves daños, estaba claro que el individuo,
fuera quien fuese, era violento. De hecho, normalmente no habría dudado. Su
espada no era tan inmensa como la de muchos de sus compañeros, pero él era un
esgrimista, y un arma de filo siempre resultaba intimidatoria. Pero el que
estaba allí podía ser un conocido, uno de sus antiguos amigos, y aunque
aquellos días hubieran quedado atrás, no quería tener que hacer daño a nadie a
quien hubiera considerado un compañero.
Todos, tarde o temprano, morirían, pero había visto el
dolor en las caras de aquellos que se habían visto obligados a ser los
ejecutores de sus amigos, familiares y compañeros, y no quería tener que vivir
eso. Nunca.
Con esta convicción, giró el picaporte y abrió la
puerta al interior de la casa.
La puerta daba a una sala grande, que en su tiempo
debía haber sido la habitación principal de la casa. No había muebles, solo
quedaban restos de madera rotos, demasiado pequeños, mojados y podridos para
hacer fuego con ellos. En un rincón había varios montones de paja podrida por
la humedad y los años. Hace mucho tiempo, aquellas habían sido sus camas. Y su
mente volvió a verse atrapada en el recuerdo.
El recuerdo de cinco niños que solo se tenían los unos
a los otros.
Rubb había sido el mayor de ellos, el líder del grupo.
Por ser más mayor, era el más fuerte, y de alguna manera el que mantenía el
control de aquella pequeña manada. Nunca le había pegado, como habían hecho los
otros dos chicos, y siempre había procurado que todos tuvieran de comer. Había
sido alto, y moreno, y durante aquellos años siempre había sentido admiración
por el chico. La admiración de un niño pequeño a su hermano mayor, más fuerte y
más capaz, pero sin el resentimiento de pensar que se era el segundo. Tal ver
porque él siempre había sido el último.
Luego estaba ella. Irina. La única chica de su grupo,
y probablemente la única que se paraba a sentir algo. No era fuerte
físicamente, pero ninguno de los otros se había atrevido nunca a desdecirla o
meterse con ella. Tal vez fuera por el aspecto de fiera salvaje que le daba su
cabello enmarañado y sus ropas rasgadas y remendadas una y otra vez. Allan
recordaba haberla visto enfadada una sola vez, y debía admitir que incluso ahora,
siendo adulto, habría sentido pánico al verla así. Irina había sido a la vez
hermana y madre durante ese periodo, y probablemente a la que más había echado
de menos de todo el grupo.
Johan y Kenner habían sido los otros dos chicos.
Johan, el pelirrojo, era el segundo más pequeño. Por norma, solía ponerse del
lado de Kenner en las discusiones. Tal vez porque Kenner no tenía redaño alguno
en golpear a nadie. Allan solo podía suponer que Johan había sido la víctima de
los abusos de Kenner hasta que él llegó, pequeño, sin fuerzas, y prácticamente
sin ser capaz de sentir nada que no fuera hambre y frío. Rubb los había
mantenido a raya durante la mayor parte del tiempo, pero cualquiera de los dos
aprovechaba el mínimo descuido para molestarle. Suponía que cualquier otra
persona habría guardado un fuerte rencor hacia aquellos dos, pero Allan no
sentía nada más que pena. Aquellos chiquillos, incapaces de pensar en otra cosa
que no fuera controlar, dominar, como si fueran lobos de una manada luchando
por su posición dentro de la misma…
Había escapado de aquello, aunque no porque él hubiera
querido o hubiera pensado que podía hacerlo.
Un movimiento por el rabillo del ojo captó su
atención, y se volvió rápidamente, la mano derecha volando a la empuñadura de
la espada, listo para defenderse de un ataque. Pero el bulto estaba lejos, y
simplemente parecía removerse y gemir. Había estado quieto durante todo el
tiempo, y Allan lo había tomado por una montaña de escombros, cuando en
realidad era una persona. Se acercó a él, despacio, sus botas resonando en las
viejas maderas que crujían bajo sus pasos. El cuerpo bajo un trozo de roída
tela se puso tieso, se estremeció ligeramente y se movió, girándose, para
mostrar un rostro demacrado y macilento debajo de una maraña de cabello pardo
grisáceo, como el pelo de un ratón. Aquello, junto con los turbios ojos entre
verdes y castaños le dieron una clara pista de que, efectivamente, este había
sido uno de sus amigos, y de cual de ellos era.
-Kenner…
Johan observaba a los viandantes. Tenía que encontrar
uno que pareciera lo suficientemente despistado como para robarle la bolsa sin
que este se enterara. Finalmente, hizo su elección.
El hombre era delgado, y aunque su ropa no era nueva,
desde luego parecía cuidada, sin marca de haber pasado por los momentos
terribles que narraban las prendas de los niños que le observaban. Allan no
podía calcular la edad del hombre, aunque en el cabello castaño oscuro, limpio
y sin rastro alguno de grasa, se empezaban a adivinar algunas canas. El rostro
era severo, afilado, y por un momento, Allan sospecho que no era una víctima
fácil, como los otros pensaban.
-Tal vez… Tal vez no deberíamos robarle- dijo, dando
voz a sus preocupaciones.
Aquello le valió un coscorrón por parte de Kenner.
-Eres un idiota. Si no le robamos, no vamos a poder
comer.
-Basta- la voz de Rubb era tranquila y baja, pero tan
firme que paró de inmediato cualquier discusión-. Iremos a por él, con la
táctica de siempre. Adelante.
La táctica consistía en que Irina fingía caer delante
del hombre y hacerse daño, para que los demás se acercaran rápidamente mientras
la atendía para arrebatarle la bolsa y salir corriendo. Era sencillo, eficaz, y
les daría algunas monedas para comer durante un buen tiempo, visto el aspecto
del caballero. Así que, mientras Irina hacía su papel, los demás empezaron a
acercarse, con Allan algo retrasado debido a su reticencia a enfrentarse a
aquel hombre que tan mala espina le daba.
El plan falló justo en el momento en el que debían
lanzarse sobre su víctima para quitarle el dinero.
El hombre, mucho más enterado de su entorno de lo que
aquellos muchachos sospechaban, reaccionó a la posible amenaza girando a toda
velocidad y lanzando un bofetón que había estado dirigido a Johan. Este, sin
embargo, se agachó rápidamente, de forma que el que lo recibió con toda su
fuerza fue Allan, justo detrás de él. El chiquillo cayó derribado por la fuerza
del golpe, atontado y mareado, y sintiendo un fuerte dolor en el lado de su
cara. En la bruma que cegaba sus ojos, escuchó un grito de Irina, y varios pies
huyendo, acompañados de la voz de Kenner.
-¡Vámonos, vámonos!
Allan comenzó a levantarse, todavía atontado y sin ver
con claridad, intentando seguir la orden, huir, alejarse de ese hombre que
golpeaba tan fuerte, pero antes de que pudiera dar siquiera dos pasos, una mano
firme le agarró del cuello de la camisa. Aquella prenda era tan vieja, que la
mínima presión la rasgaba, pero en aquella ocasión resistió el tirón, y Allan
se vio atrapado, obligado a girarse hacia el hombre y a mirarlo a los ojos.
A pesar de que estaba tieso, quieto, incapaz de
moverse, sentía todo su cuerpo temblar, a pesar de que no sentía frío. Se
sorprendió al darse cuenta de que conocía la sensación: era miedo. No recordaba
haber pasado miedo desde que se uniera al grupo, pero estaba claro que ahora
estaba aterrado. Estaba solo. No creía que sus compañeros volvieran a por él.
No sabía a qué castigo le sometería aquel hombre por haberle intentado robar.
Pero había sentido el fuerte golpe, mucho, mucho más fuerte que cualquiera que
le pudiera propinar Kenner, y sabía que aquello no había sido ni la mitad de
doloroso de lo que podía llegar a ser.
Hubo un largo silencio, en el que el hombre miraba al
niño, el niño miraba al hombre, y la gente alrededor se detenía a mirar
preguntándose qué pasaba. Finalmente, el hombre suspiró.
-Temblando como una hoja no vas a salir de esta,
muchacho. Un hombre tiene que cargar con las consecuencias de sus actos… Aunque
empiezo a preguntarme si eras tú el que se merecía ese bofetón.
Las palabras sonaban tranquilas, pero el chico era
incapaz de parar el miedo que sentía. El hombre volvió a observarle, los ojos
de color avellana clavándose en los azules del niño.
-Ven- dijo.
Era más un ofrecimiento que una orden, pero cuando
Allan no se movió, todavía paralizado por el pánico, el hombre se acercó y tomó
su mano. El gesto había sido amable, muy diferente del golpe que se había
llevado en lugar de Johan.
-Soy Edric Van Dale- dijo-. No has debido de comer
bien en años, así que vamos a arreglar eso en seguida. La verdad es que
necesito un nuevo alumno, y creo que puedo hacer un buen trabajo contigo, pero
antes tendremos que ocuparnos de ti… Y de que no vuelvas a robar. Creo que será
una buena forma de resarcirte por lo que hayas podido hacer.
No fue hasta varias horas más tarde, cuando Allan
recibió un baño, se vistió con ropa limpia aunque demasiado grande para él,
comió una buena comida y estuvo arropado en una cama, que se echó a llorar por
primera vez en mucho, mucho tiempo.
-¡Tú! ¡TÚ! ¿Qué haces aquí?- aulló el hombre-. ¡Vete!
Se abalanzó sobre él, y Allan retrocedió un paso y se
preparó para defenderse, pero Kenner tropezó y cayó todo lo largo que era al
suelo. Con un sonido metálico, varias baratijas cayeron al suelo. Aquello debía
ser lo que había robado de la tienda, se dijo Allan. Del cuerpo tendido en el
suelo brotó un sollozo ahogado, y Allan sintió verdadera lástima.
Aquel terrible niño al que esquivaba todo lo que podía
se había convertido en un hombre completamente lamentable.
-Deberías estar muerto, ¡muerto! ¿Por qué? ¿Por qué no
lo estás? ¿Por qué no estás muerto y los demás sí?
Aquellas palabras produjeron una punzada de dolor en
el corazón de Allan. Aunque solo hubieran sido unos pocos años, para él
aquellos niños habían sido su familia. Y aunque le habían rechazado cuando el
maestro de esgrima le había tomado bajo su protección, una pequeña parte de su
corazón seguía teniéndoles aprecio. Incluso al pequeño abusón que se había
convertido en aquella sombra hambrienta. Y, al parecer, enloquecida. Se
arrodilló al lado de Kenner y puso una mano sobre su hombro, un gesto que
pretendía ser amable y tranquilizador. El hombre, sin embargo, se apartó como
si los dedos de Allan le quemaran.
-¡Quítate! ¡Estás muerto, muerto, muerto! ¡Muerto, ¿me
oyes?!- rugió el hombre, pegándose contra la pared, su cuerpo temblando como
una hoja…
Allan se dio cuenta, en ese momento justo, que Kenner
estaba aterrado.
Porque había estado en su lugar, y ahora ocupaba el
que años antes su maestro y padre adoptivo había ocupado, comprendía que Kenner
sentía el terror de verse descubierto y saber que no tenía escapatoria. Y
también supo en ese momento lo que llevó a su maestro a actuar como actuó,
recogiendo a aquel muchacho tembloroso que había sido a los nueve años. Una
profunda lástima por la otra persona, por las carencias que había sufrido, por
la vida que había vivido.
Se preguntó si para los otros, que ya no estaban,
había sido igual.
-Estoy lejos de estar muerto, Kenner- contestó al fin.
Su voz era plana, carente de emoción, y Allan se preguntó cuándo se había
vuelto tan frío-. ¿Qué les pasó a los demás?
Las lágrimas comenzaron a caer por las mejillas del
mal afeitado rostro de Kenner, y Allan no podía saber si eran de miedo hacia su
persona, o de verdadera tristeza por sus amigos.
-Irina… Irina se fue con las fiebres, hace ya varios
años. Parecía que estaba dormida cuando nos dimos cuenta- la voz del otro
hombre estaba quebrada-. Johan la siguió después. Siempre había sido débil. Más
que tú. Rubb intentó salir de esta vida, pero alguien le tenía rencor por algo
que hizo… Cuando lo encontré estaba rodeado de un charco de sangre.
Allan sintió su corazón encogerse al escuchar el destino
de sus amigos. Sentía dolor, pero no sorpresa. A fin de cuentas, ¿no era ese el
destino de muchos de los que se había encontrado en su camino? ¿De la gente que
le recordaba, día sí, día también, lo afortunado que había sido ese día en el
que el maestro de esgrima le había aceptado en su casa?
-¡Vamos, tenéis que venir!- la voz del niño era clara,
alegre, como nunca lo había sido antes-. Tiene un montón de comida, y ropa
nueva, y camas blanditas, ¡y dice que podemos venir todos!
Allan había pasado dos meses encerrado en la casa del
maestro de esgrima, pero había sido una cautividad dulce, agradable. Tenía
cosas que nunca había tenido, que nunca había soñado que tendría. ¡Tenía que
compartirlo con los demás! Si tenían para comer todos los días, no tendrían que
robar ni correr peligros.
Durante unos instantes, el niño vio una chispa en los
ojos de Irina, una chispa que, de mayor, reconocería como una chispa de
esperanza, de ver una posibilidad mejor. Pero la chispa fue ahogada por la
exclamación enfadada de Kernnel.
-¡Lo sabía! ¡Te has convertido en uno de ellos! ¡Y
ahora quieres aprovecharte y mostrarnos todo lo que tienes y luego nos dejarás
tirados!
El pequeño Allan sintió un dolor agudo en el pecho que
no supo reconocer
-No es eso…- dijo.
-¡Vámonos!- chilló Kernnel-. ¡No podemos juntarnos con
él!
El grupo, poco a poco, siguió al muchacho de cabellos
castaños. El último en girarse fue Rubb, que observó a Allan con una mirada
indescifrable.
-Buena suerte- dijo.
Ninguno tomó la mano tendida del niño rubio.
-Y tú… Tú deberías haber estado muerto. ¿Por qué has
venido?- la voz le devolvió al presente.
-He venido a buscarte- fue la respuesta de Allan.
Kenner le miró, receloso.
-Has herido a varias personas esta vez- continuó, con
voz tranquila, el joven guardia-. Si sigues así, un mercader lo suficientemente
valiente para plantarte cara, o un mercenario con una buena paga, acabará
contigo.
-¿Y qué voy a hacer? ¿Entregarme a esos perros que me
encerrarán para que me pudra en una cárcel? No es mejor que acabar muerto.
Allan suspiró. Suponía que sería así, pero no quería
pelear. No con esta parte de su pasado.
-Hablaré por ti. Tienes que pagar por tus crímenes-
dijo, para luego añadir-. Un hombre tiene que cargar con las consecuencias de
sus actos.
La frase no era suya, pero por alguna extraña razón
sonaba correcta saliendo de sus labios. Allan se puso en pie y le tendió una
mano a su antiguo amigo que no había sido tan amigo, pero que había seguido
teniendo un lugar en su corazón.
-Pero después serás libre para empezar una nueva vida.
Una mejor, si lo intentas y es lo que quieres.
Y, durante unos instantes, dejaron de ser un ladrón
demacrado y muerto de hambre y un guardia, para ser de nuevo solo dos niños,
uno tendiéndole la mano al otro y ofreciéndole una parte de lo que la suerte le
había concedido.
-Cualquier cosa… es mejor, supongo, que lo que he
vivido.
Y esta vez, el otro niño tomó aquella mano.

