Haunted
Junction y todos sus personajes son copyright de Nem Mukudori. A raíz de mi
adquisición de un fanfic navideño escrito por una de mis autoras favoritas de
fanfics, decidí escribir esta pequeña historia. Este es mi pequeño regalo para
estas Navidades y espero que lo disfrutéis.
Hojuo Haruto era terriblemente consciente de ello. Se
arrebujó más en su capa mágica mientras hacía que leía un informe. Sin embargo,
su mente estaba metida en contemplaciones más importantes. Por ejemplo, en las
ganas que tenía de estar en casa en vez de en aquel lugar. El edificio que
ocupaba la Orden Sagrada de Estudiantes era una vieja escuela de madera carente
de calefacción central, ya que las obras habrían causado grandes molestias a
uno de los espíritus del lugar, y el director se había olvidado de dejar carbón
para la estufa.
De todas maneras, se dijo Haruto, ¿qué hacía él ahí?
Era Nochebuena, y una fiesta a celebrar por los cristianos. A fin de cuentas,
Haruto era el hijo del pastor de la iglesia de Santa María, al sur del
instituto Saito. Lo normal hubiera sido celebrar una cena en familia después de
los oficios religiosos, y repartirse los regalos, no estar en un edificio,
trabajando a una distancia muy pequeña de morir por hipotermia, idea que no
hacía muy feliz al jefe de la Orden.
Él nunca había pedido ese puesto. Él quería ser un
estudiante normal, con una vida normal. Pero a pesar de eso, tenía que admitir
que de los tres miembros de la Orden, él era el más apropiado para ser el jefe.
No le gustaba admitirlo, pero era él único lo suficientemente cuerdo y calmado
como para enfrentarse a los problemas que había con los espíritus escolares.
Ser el jefe de la Orden implicaba hacer un montón de trabajo, y no era el
primer invierno que había ido al instituto aunque estuviera de vacaciones. Pero
aquello ya era demasiado... Un día como ese era para pasarlo en familia, no
encerrado en un viejo edificio de madera que tenía las suficientes rendijas
como para que el interior estuviera a la misma temperatura que el exterior si
no se preocupaba uno de poner algo de remedio.
Haruto suspiró, triste. Si al menos hubiera alguien
que estuviera con él... Cualquier espíritu valdría. Pero parecía que todos
estaban hibernando. Se hundió más en la cálida tela de su capa mágica. En su
vida se había sentido más miserable.
-Felices pascuas, Haruto-kun- dijo una voz familiar en
la puerta de la sala.
El aludido dio un bote y se volvió. Allí, sonriente,
embutido en un grueso anorak sobre sus ropas un tanto extravagantes, cargando
con un pequeño saco de carbón y con una bolsa de plástico, estaba Omi Shingo.
Aquel muchacho era al que Haruto consideraba su mejor amigo, y aquella
presencia animosa y reconfortante casi le hizo llorar de alegría.
-¡Shingo-kun!- exclamó, gratamente sorprendido-. ¿Qué
haces tú aquí? Pensaba que estarías con tu familia...
Shingo sonrió.
-Mi familia no es cristiana, y no celebramos la
Nochebuena- dijo-. Pero cuando averigüé que estabas aquí solo esta noche, pensé
en hacerte compañía y que celebráramos por nuestra cuenta. Incluso me he
aprendido un villancico y todo- añadió, ampliando su sonrisa.
Si había razones por las que Haruto considerara a
Shingo una persona digna de estar en el paraíso, una de ellas era esa. El
despreocupado y optimista lector de tarot se acercó y dejó el carbón en el
suelo, para luego empezar a manipular el saco. Haruto le echó una mano, y a los
pocos minutos en la estufa ardía un cálido fuego que hizo el ambiente mucho más
agradable. Shingo sacó entonces de la bolsa de plástico un par de latas de
refresco y unos sándwiches.
-No es una autentica cena- dijo, sonriendo
tristemente-, pero era lo único que pude encontrar a estas horas. Tampoco te he
traído ningún regalo.
-Que estés aquí ya es suficiente regalo- contestó
Haruto, que daba gracias a los cielos por haberle concedido al menos el deseo
de tener una compañía amigable.
Los dos comenzaron su frugal cena, charlando y riendo.
Disfrutaban de la mutua compañía, y aquello a Haruto, si no perfecto, le
parecía lo mejor posible que podía sucederle en aquella noche.
No se esperaba lo que seguiría.
Una enorme cara de luna con bigote apareció delante de
ellos. Haruto pegó un buen aullido y Shingo botó como una pelota poniendo el
sofá en el que él y Haruto habían estado sentados entre él y el visitante, que
de visitante no tenía nada.
-¿Os lo pasáis bien, chicos?- preguntó Saito
Tatsugoro, director del instituto.
-¡¡DIRECTOR!!- gritó Haruto-, ¿qué le ha dado ahora?
¿No tenía bastante con dejarme aquí currando?
Shingo recuperó la compostura y la sonrisa, al tiempo
que se ponía de pie.
-Encantado de volverle a ver, Saito-san- saludó
educadamente.
-¡Ah, Shingo-kun! ¿Cómo tú por aquí?- interrogó
animadamente el director, que había recuperado su forma normal de ancianote con
entradas y algo bajito-. La verdad es que me vienes muy bien, así Haruto no
tendrá que ocuparse solo de esto.
Haruto tuvo la suficiente presencia de ánimo como para
calmarse y escuchar lo que tenía que decir el director. Al poco apareció por la
puerta Teke-teke, que indefectiblemente se agarró a la espalda de Haruto y se
asomó por su hombro derecho mostrando unas tijeras del tamaño de las que usaría
un podador.
-Yo también cuento, director- dijo, y Haruto y Shingo
no pudieron evitar sonreír.
-Claro que sí, muchacho. Ahora, chicos, escuchadme
bien, porque acabo de descubrir algo interesante.
-¡¡¡¿¿¿UN TESORO???!!!- soltaron dos voces juveniles
al mismo tiempo.
Ah, Haruto sabía sobre esas cazas del tesoro. Había
tenido unas cuantas en su estancia en aquel instituto. Si por él fuera, podría
recorrerse el instituto a una velocidad proporcional a la que utiliza Carlos
Sainz en una etapa de rally sin que el coche le dé problemas, todo gracias a
las múltiples veces que se había recorrido aquellos pasillos a la carrera. Sin
embargo, aquellas cazas del tesoro no habían acabado del todo bien para los
miembros de la Orden, y dicho sea de paso para él.
El director del instituto asintió.
-Alguien lo ha escondido recientemente en algún lugar
del instituto, y me ha dejado esta tarjeta. Pensé que vosotros podríais
averiguar algo al respecto.
-Siempre me meto en líos por estas cosas, director-
dijo Haruto.
-¿Qué te parece un viaje a Hawaii con todos los gastos
pagados?- ofreció Tatsugoro
-Director, a mí no me puede sobornar como a Mutsuki.
Pero, si a Shingo le parece...
Shingo sonrió.
-Bueno, nos lo pasaríamos bien. No creo que tenga que
ver con demonios ni nada por el estilo.
-Bien, entonces lo haremos. No tenemos nada que
perder...
El director parecía completamente alucinado. No podía
creerse que Haruto aceptara sin que Mutsuki o Kazumi le obligaran a ello,
convenientemente engañados por el director. Les tendió la tarjeta, que estaba
escrita con trazos suaves y armoniosos.
-Bueno, chicos, espero que tengáis suerte- con esto,
el director desapareció como por ensalmo.
Shingo y Haruto se miraron, se encogieron de hombros y
leyeron la nota, con Teke-teke mirándola desde el hombro de Haruto.
-"La más pequeña de las flores apunta al
siguiente encuentro"- leyó Shingo-. ¿Qué puede significar eso?
Haruto pensó un poco antes de decir:
-Flor es Hanako. La más pequeña de las Hanakos... ¡Eso
no es lejos!- exclamó alegre-. Es la Hanako que está en este mismo edificio.
Animados, los dos muchachos y el espíritu se
apresuraron al punto señalado: los lavabos de ese edificio.
Aquel edificio había sido una escuela primaria, y
tenía cuatro espíritus, El primero era Bunko Shimokita, que era la misma
escuela. Luego había un gigante que llevaba siempre típicos zapatos japoneses
de madera y un Akamanto que tenía más bien poco que ver con el Akamanto Kamen
que rondaba los lavabos del instituto enamorando a las estudiantes. Por último,
había una Hanako que tenía la apariencia de una niña de diez años. La más
pequeña de las Hanakos de todo el instituto.
Haruto y Shingo entraron en el cuarto de baño donde el
jefe de la Orden sabía que estaba la Hanako de aquel edificio. Los dos
retomaron el aliento y, junto con Teke-teke, llamaron.
-¡¡Hanako-san!!
-Hai hai- respondieron tres voces, acompañadas por un
barritar.
Haruto abrió mucho los ojos.
La puerta se abrió y Haruto y Shingo cayeron
despatarrados. En aquel lugar había cuatro Hanakos, tres humanas y un elefante.
Allí estaba la Hanako del lavabo de hombres, que les miraba con una sonrisa
pícara.
-¡Haruto, Shingo! ¿Queréis jugar con nosotras?-
preguntó.
Fue en ese momento cuando Shingo se dio cuenta que
entre las cuatro Hanakos había un tablero de parchís. La más pequeña de las
Hanakos estaba sentada encima de la última de las Hanakos humanas, una chica
con trenzas que sonreía dulcemente. Haruto se recompuso.
-Aaaahhh... No... El director nos ha mandado buscar un
"tesoro", y la pista conducía aquí- explicó.
-¡Oh, una caza del tesoro!- aplaudió la Hanako de la
insignia-. Os acompañaría, pero esta partida está muy interesante.
La más pequeña de las Hanakos sacó del bolsillo de su
uniforme una tarjeta y se la tendió a los tres buscadores.
-Esto pasó por debajo de la puerta- dijo-. Supongo que
es lo que buscáis. Buena suerte.
Con esto, la puerta se cerró y las Hanakos siguieron
con su partida de parchís.
Teke-teke leyó la nota.
-"Azul, rojo o amarillo, aunque del último no
hay".
Shingo y Haruto saltaron a un tiempo.
-¡Akamanto Kamen!- exclamó éste.
-¡Aohanten Neesan!- casi gritó Shingo.
Los dos se miraron, y Haruto vio que su colega se
había puesto ostensiblemente pálido. Sin embargo, fue éste el primero en correr
en dirección a la salida del edificio para dirigirse al edificio principal,
seguido de cerca por Haruto y Teke-teke. Como una exhalación, los tres cruzaron
el patio, casi atropellando al pobre Nino por el camino. Este les miró
extrañado y luego se encogió de hombros, volviendo a su pedestal, donde se
suponía que debía estar. En nada, Haruto, Shingo y Teke-teke estaban en otros
lavabos.
-¿Tú crees que estén aquí?- interrogó Shingo.
-Pueden aparecer en cualquier parte del instituto-
explicó Haruto.
-Sí, no están atados a ningún lugar en concreto-
añadió Teke-teke, que era tan enterado en espíritus como el inteligentísimo
Nino-, aunque generalmente prefieren los lavabos.
-¿Que prefieres, jefe?- interrogó una insinuante voz
femenina-. ¿Una "hanten" azul? ¿O preferirías una roja?
La reacción de los dos chicos fue diametralmente
opuesta. Mientras Haruto se puso rojo como una granada madura, Shingo se puso
blanco como la leche. El resultado fue que, en lugar de continuar con las
insinuaciones, Aohanten Neesan se echó a reír a carcajadas.
-¡Vamos, Shingo-kun! ¡No te asustes!- dijo ella, muy
alegre, al tiempo que Akamanto Kamen hacía acto de aparición, extrañado por
hubiera venido alguien que pudiera interesar a su hermana. El susodicho vio a
los dos amigos y les saludos con una inclinación de cabeza.
Shingo seguía pálido, aunque Haruto empezaba a
recuperar su color habitual.
-Akamanto Kamen-kun- dijo este-. El director nos ha
mandado buscar un tesoro. Las pistas nos conducen hasta vosotros.
-Bien, alguien dejó una tarjeta... Supongo que os
referís a eso- contestó Akamanto.
-¿Seguro que no quieres mi "hanten" azul?-
interrogó Aohanten, mientras el aterrado Shingo hacía todo lo posible por
esquivarla. La hermana de Akamanto Kamen se lo estaba pasando estupendamente
bien.
-¡No, no! Prefiero... ¡Prefiero una verde!- soltó
Shingo. Esperaba que con ello pudiese librarse del ataque.
Aohanten hizo pucheros.
-¡Oh, vaya!
Haruto se rió por lo bajo y leyó la tarjeta.
-"Plasmado en la tela aguarda un dulce rostro que
no es exactamente el que debería ser"
-¿Eu?¿Eso que significa?- preguntó Teke-teke.
-¿Qué te sugiere plasmado en la tela?- interrogó a su
vez Shingo, que intentaba quitarse de encima a Aohanten como mejor podía.
-¡Un cuadro!- exclamó el pequeño-. Pero lo del rostro
no lo entiendo...
-Tenemos dos cuadros encantados- dijo Haruto-.
Beethoven y...
Hubo una pausa y entonces los tres saltaron a la vez:
-¡¡La Monna Lisa!!
-Recuerdo que tenía la cara rara porque la había
reparado un aficionado a los mangas- dijo Shingo.
Haruto asintió.
-¡Vamos!
Los tres se despidieron y salieron a la carrera,
Shingo con algo más de prisa cuando escuchó a sus espaldas:
-¡Espero que vuelvas pronto, Shingo-kun!
Los buscadores de tesoros se dirigieron al taller de
arte, donde desde hacía tiempo había sido colocada la Monna Lisa, la cual
disfrutaba de una relativa tranquilidad y mucho éxito entre algunos de los
estudiantes. Se detuvieron delante de la puerta y la abrieron con calma.
Los tres casi se cayeron al suelo cuando vieron que la
Monna Lisa se había montado una fiesta con sus colegas de otros cuadros de la
sala.
Monna Lisa tenía la extraña propiedad, aparte de poder
salir de su cuadro, de llamar a su lado a los personajes de otros cuadros. En
aquel momento se había montado una fiesta con canapés y todo.
-De haberlo sabido... - musitó Haruto, alucinado.
-... nos habríamos venido- completó Shingo.
Teke-teke solo podía mirar con la boca abierta.
-¡Oh, Shingo-kun, Haruto-kun!- exclamó la Monna Lisa,
encantada-. Hace poco que me ha llegado esto para vosotros. Estábamos de fiesta
ya cuando apareció en medio del aire.
Les tendió otra tarjetita.
-"Volved a dónde empezasteis, y veréis vuestro
tesoro"- leyó Teke-teke.
Haruto y Shingo se miraron.
-¿Estás pensando lo que yo estoy pensando?- interrogó
Shingo.
-Bien, veamos que nos ha preparado el director esta
vez- respondió Haruto.
Los tres retornaron allí donde habían comenzado, en el
edificio de la Orden Sagrada. Recorrieron el pasillo a toda velocidad, Haruto
bastante contento con que Bunko no decidiera hacerles una mala pasada, subieron
las escaleras y llegaron a la sala en la que habían empezado su recorrido, al
mismo tiempo que un reloj daba las doce de la noche.
No podían creerse lo que veían.
En el centro de la sala, sobre la mesa que había, se
había dispuesto una cena para tres personas, con un montón de platos que olían
estupendamente bien. Y sobre el sofá había tres paquetes de colores brillantes
y una tarjetita. Haruto cogió la nota y la leyó, y una sonrisa dulce asomó a
sus labios.
-¿Qué dice?- preguntó Shingo, asomándose a su hombro.
La nota decía: "Siento haberos hecho esto,
especialmente a ti, Haruto. Feliz Navidad."
Estaba firmado por Saito Tatsugoro.
Los dos muchachos se miraron, y luego miraron a
Teke-teke, que observaba las viandas con aspecto de tener la boca hecha agua.
-Cenemos primero antes de abrir los regalos- propuso
Haruto.
Shingo asintió, y los tres amigos disfrutaron de una
cena digna de Navidad.
Haruto cogió un paquete en el que estaba su nombre
escrito con un rotulador plateado, al igual que en los otros dos paquetes
estaban escritos en ese mismo color los nombres de Shingo y Teke-teke. El
primero en abrirlo fue el espíritu, que lanzó un grito de alegría al ver el
contenido.
-¡Un afilador automático!- exclamó, todo sonrisas-.
¡Es genial! ¡Se lo voy a enseñar a Nino!- con esto, salió disparado por la
puerta.
Haruto y Shingo se rieron un buen rato y, después de
calmarse, decidieron abrir sus regalos a la vez. A la cuenta de tres, los dos
desenvolvieron sus paquetes y vieron lo que había dentro.
Haruto miró con asombro el jersey de color azul
oscuro, con una etiqueta que aseguraba que era de pura lana virgen, y la cruz
de oro con una piedra verde claro que lo acompañaba, colgado de una cadena
también de oro. A esta cruz la acompañaba una etiqueta que nombraba a la piedra
semipreciosa olivino. Luego se fijó en el regalo que tenía Shingo. Este
sostenía entre manos temblorosas un tarot traído directamente de Milán, ciudad
famosa por sus tiendas exotéricas. En sus rodillas descansaba otro jersey, muy
parecido al de Haruto.
Los dos se miraron, sonrientes y emocionados. Aquella
había sido, se dijo Haruto, una de las mejores Navidades que había pasado.
-¿Cuál es ese villancico que te habías aprendido,
Shingo?- preguntó.
-Estoy seguro que te lo sabes- contestó este, y se
aclaró la garganta.
Y la noche pareció llenarse de un calor especial, casi
mágico, cuando las dos voces de Shingo y Haruto comenzaron a cantar a un tiempo
el Adeste Fideles.
NOTAS:
El chiste de Hanten, que aquí se tradujo simplemente como "marcas",
es el siguiente: hanten tiene como significado "chaqueta", y cuando
Aohanten pregunta por ello, la mayoría se cree que les va a dar su chaqueta.
Pero hanten también tiene el significado de "moratón", y Aohanten
mete unos puñetazos que dejan unos morados del ocho.
Por
último, respecto al villancico, el Adeste Fideles es mi favorito. Solo Haruto
ha sido doblado alguna vez para anime, y me encantó su voz, y me figuro que la
de Shingo, de salir alguna vez, sería muy parecida, quizá un poco más aguda,
así que debe ser un lujo escuchar a dos personas con ese tipo de voz cantando
ese villancico.

