Capítulo 6: La cazadora, o la lanza de brujas

Castlevania y todos los personajes relacionados con la saga son propiedad de Konami. Esta historia se hace sin ánimo de lucro, y sí, ya sé que últimamente no estoy muy creativa en el asunto del discalimer, pero es que no estoy con ánimos de ser original.


El túnel por el que Ana María había caído, y por el que había avanzado, desembocaba en lo que parecía las mazmorras del castillo. Para ser más concretos, una celda. El ambiente era húmedo y frío, y, de no ser por las antorchas que ardían en el pasillo, no habría podido ver más allá de sus narices. La joven española salió de la celda y caminó a lo largo del pasillo, sujetando con fuerza su lanza, medio a la espera de encontrarse con algún monstruo como aquellos con los que se habían enfrentado en el patio de armas de la fortaleza. Ahora, se dijo, no podía permitirse ningún error. Aquello podría costarle la vida.

Suponía que si seguía adelante acabaría encontrando unas escaleras que llevaran a los pisos superiores del castillo. Por el momento no había encontrado ningún pasillo que se dirigiese en otra dirección, así que no le quedaba mucho más remedio que seguir adelante. Tarde o temprano tendría que llegar a alguna sala de guardia. Y esperaba que fuera temprano, porque tenía la sensación de que, cuanto más tiempo estuviera allí peor le iría.

Escuchó un batir de alas y alzó la vista.

Observó unos ojillos pequeños y brillantes que se estaban acercando a ella a toda velocidad. Casi sin pensar, golpeó hacia arriba, y escuchó un chillido agudo antes que su atacante cayera al suelo, herido por la hoja de la lanza.

"¿Un murciélago?"

El animal era completamente negro, y oculto en las sombras del techo había resultado invisible para ella. De no haber oído sus alas golpeando el aire al tiempo que se lanzaba sobre ella...

¿Pero como demonios había sido capaz de oír aquello?

El pequeño animal, a pesar de su herida mortal, hizo un último intento de lanzarse contra ella, y Ana María dio un ligero salto hacia atrás. El sitio, que no le había gustado mucho desde el momento en que había entrado, cada vez le gustaba menos. Suspiró ligeramente cuando el pequeño mamífero volador dejó de moverse e intentó calmar sus nervios, que estaban a flor de piel. Una vez pensó que estaba lista para continuar, dio un paso adelante por encima del murciélago.

El batir de alas esta vez fue realmente sonoro, y la joven vio con horror que el murciélago con el que había acabado no era el único, sino la avanzadilla de un autentico ejercito de negros mamíferos voladores.

Ana María se tiró al suelo esquivando a los primeros atacantes, y rodó procurando no soltar la alabarda. Los animales, en su afán de lanzarse contra la detective, se estorbaban los unos a los otros, golpeando sus alas, y teniendo dificultades para maniobrar. La joven española aprovechó esta situación para realizar un arco de abajo a arriba, por encima de ella, y hasta abajo. El movimiento le valió que le llovieran encima algunos de los mamíferos alados, la mayoría de ellos heridos en sus pequeños cuerpecitos, aunque alguno se acababa de encontrar con que tenía el ala cercenada. Ana María no pudo evitar una mueca de disgusto antes de rodar de nuevo para evitar el ataque de los murciélagos.

Se puso de nuevo de pie, rodeada por aquella especie de ejército del aire de la naturaleza. Guiándose medio por el instinto, medio por su propia creatividad, hizo girar la alabarda cuan larga era en un círculo completo, teniendo buen cuidado de hacerlo por un lado de su cuerpo y usando los dos brazos para equilibrarla y no matarse a sí misma con el movimiento. Luego, usando la inercia de la pesada hoja de metal, y casi sin darse cuenta, realizó otros dos giros y acabó de espaldas a las criaturas.

El movimiento había causado los suficientes estragos como para que las criaturas voladoras decidieran que mejor era dejar en paz a la humana, y volvieron volando a su escondite en el techo del pasillo, pero Ana María no se preocupó en lo más mínimo por lo que los murciélagos hicieran o no. Acababa de ver que su camino estaba despejado, y pensaba poner tierra de por medio entre ella y los mamíferos asesinos, así que ni corta ni perezosa, y con la lanza todavía agarrada, salió a la carrera por el pasillo.

No paró hasta que, agotada, llegó a una puerta. Se derrumbó cayendo de rodillas, y se giró para ver si alguno de los murciélagos la habían seguido. Al no escuchar ningún sonido extraño o ver algún brillo delator de los ojitos ciegos de aquellas criaturas, se tranquilizó. Al menos había pasado su primera prueba sin un solo rasguño. Se sentó, apoyando la espalda contra la pared, sin abrir la puerta, mientras recuperaba el aliento. Acababa de llegar a la conclusión de que odiaba aquel lugar.

Le preocupaba que los murciélagos, que en general eran unos bichos bastante pacíficos, y que tenían cierta tendencia a esquivar a los humanos, hubieran organizado semejante ataque. Llegó a la conclusión de que la influencia de Drácula no solo hacía que hubiera monstruos en el sentido más literal de la palabra en el castillo, sino que también afectaba a las especies naturales.

-Esta vez si que me he metido en un buen lío, ¿eh, bisi?- musitó ella con una sonrisa sardónica-. Me pregunto como te las arreglaste para salir con vida de este atolladero.

Dejó caer la cabeza atrás, hasta que su coronilla tocó la fría piedra de los muros.

"Si al menos supiera dónde ha ido a parar Alucard... No creo que pueda salir de ésta yo sola."

Miró entonces la puerta frente a ella. Era una puerta sencilla, de madera de roble, reforzada con hierro. Parecía estar en perfecto estado, y la joven se preguntó como podría haber sobrevivido a la humedad de aquel sótano infecto. Se puso en pie, ya descansada de la carrera de antes, y se giró hacia la hoja de roble que cerraba el pasadizo.

"Tal vez esto dé a una escalera..."

Su mano se posó con suavidad sobre el picaporte, y tiró. La puerta giró sin producir más ruido que el ligero roce de la madera contra la piedra. Ana María no abrió del todo, y antes de entrar asomó, temerosa, la cabeza. Miró hacia todos los lados, y en especial hacia arriba. Se trataba de lo que parecía la sala de guardia. Había una mesa semi podrida cerca de una pared, con algunas sillas alrededor. Sobre las paredes había una multitud de armas, la mayoría de ellas bastante oxidadas por la humedad. Frente a ella había una escalera hacia arriba, cerrada por unos barrotes. La sala estaba iluminada tenuemente por algunas teas, y a simple vista no parecía que hubiera nada sospechoso, pero Ana María no estaba dispuesta a bajar la guardia tan pronto, especialmente después del ataque de los murciélagos.

La joven española dio un par de pasos dentro de la sala.

Con un súbito estampido, la puerta por la que había entrado se cerró bruscamente. Ana María se volvió, pero no se molestó en intentar abrirla. Estaba claro que se había cerrado por medios mágicos, y que no se abriría por mucho que lo intentara; ya había pasado por lo mismo en una ocasión anterior. Se volvió de nuevo hacia lo que se mostraba como su única salida.

Frente a la puerta ahora había una mujer de aspecto fantasmal, flotando en el aire. Estaba sumamente delgada, y sus raídos ropajes, así como su largo y oscuro pelo, ondeaban en una inexistente brisa. Sus finos labios estaba curvados en una sonrisa capaz de helar el corazón de cualquier persona, y todo su cuerpo estaba rodeado por un halo de enfermiza luz amarillo-verdosa. Ana María alzó a la defensiva su alabarda, mientras daba un paso atrás, aunque sabía que no tenía lugar a donde huir. No pudo evitar preguntarse con qué tipo de criatura se estaba enfrentando ahora.

¿Una cazadora?, preguntó el espíritu, con una voz que parecía el susurro del viento soplando sobre las hojas de los árboles. La voz sobrenatural hizo que un escalofrío recorriera su espalda. Y apenas una chiquilla. ¿Piensas realmente que tú y tus compañeros derrotareis a mi amo? ¡Ilusa!

Ana María arqueó una fina ceja.

-¿Sois todos los del castillo así de creídos?- interrogó con un tono de voz casual.

Una risa, como el tintineo de cristales rompiéndose, resonó por toda la habitación, y una mueca asomó al rostro de la joven española. Aquel sonido sobrenatural dañaba sus oídos y le producía dolor de cabeza. Creía ahora tener una idea de que tipo de fantasma estaba frente a ella.

Eres divertida... Pero para llegar a tus compañeros tendrás que pasar por esa puerta, y no estoy dispuesta a hacerlo. Puedes ser una buena chica y esperar aquí a que mi amo venga a encargarse de ti, o puedes actuar como todos los estúpidos cazadores de vampiro e intentar derrotarme. Tú eliges.

-Gracias por la oferta, banshee, pero me temo que tendré que rechazarla- dijo Ana María, haciendo una reverencia burlona-. Compréndelo, ahí arriba hay tres tipos que me pondrán las peras al cuarto si no cumplo con mi parte del trabajo, y yo siempre he sido muy meticulosa.

Con movimientos medidos, se puso en una pose defensiva, preparada para golpear al espíritu frente a ella.

No creerás que podrás hacerme daño con ese juguete, ¿verdad?

Ana María se encogió de hombros.

-Si no pruebo, no lo averiguaré, ¿no es así?

Y con un rugido que parecía salido de una garganta mucho más grave, salió a la carrera hacia su adversaria, la cual sonrió tranquilamente, como si no temiera lo que le podía suceder. Ana María apoyó la punta de la lanza sobre el suelo, usándola a modo de pértiga, y completó un semicírculo, acabando con una patada que iba directa al pecho del espíritu, sin soltar en ningún momento la alabarda. Pero el movimiento no tuvo el efecto que ella había esperado, ya que atravesó el cuerpo inmaterial del espíritu y cayó al otro lado, rodando por el suelo y chocando contra la puerta de barrotes, que tembló ante el impacto pero no se movió de donde estaba.

Ana María se puso de rodillas, temblando desde la punta del pie hasta la raíz de su cabello. Al atravesar a la banshee un frío terrible se había metido en su cuerpo, atravesando las ropas de abrigo hasta su cuerpo, y llegando hasta el tuétano de los huesos. La joven alzó la vista para ver la situación en que se encontraba la banshee.

Al parecer el espíritu tampoco había salido muy bien del encontronazo, porque se revolvía como loca, intentando ocultar con sus manos huesudas un agujero como de lanza. Ana María observó la alabarda y vio como la cabeza del arma parecía estar cubierto por unas llamas verde-azuladas similares a las que había producido el agua bendita de Van Helsing.

"¿Un arma sagrada?" se pregunto ella.

La banshee lanzó un rugido de dolor que obligó a Ana María a taparse los oídos.

¡Una ibera! ¡Usando una lanza de brujas! No sé de donde has salido, niña, pero vas a pagar esta herida con creces. Tu lanza pasará a formar parte de la colección de mi amo.

-Lo siento jefa, pero te has equivocado. Yo soy de la zona celta- Ana María se puso penosamente en pie-. Los iberos estaban en la costa, y yo soy gata, mal que me pese. Atengámonos a nuestro asunto, ¿de acuerdo?

La alabarda se alzó, y las llamas azul-verdosas parecieron intensificarse ligeramente en respuesta a la confianza de Ana María.

Veremos, niña, veremos.

Y un canto sobrenatural llenó la sala. De nuevo Ana María se vio obligada a taparse los oídos, soltando la alabarda. Pero, aunque sus manos bloqueaban parte del ruido, el dolor de cabeza era insoportable. Parecía como si en cualquier momento sus oídos fueran a estallar. El arma más terrible de una banshee era, precisamente, su voz. ¿Y como podía derrotar a un ser que, en el momento en el que se acercara se pondría a chillar como una histérica hasta que su cerebro se convirtiera en simple gelatina? En aquel momento, solo su alabarda parecía poder afectar a la endemoniada criatura.

"Tengo que aguantar como sea. Maldita sea, hace tiempo podía desconectar el ruido de mi mente, ¿no? Inténtalo, al menos. ¡Necesito mis manos!"

Sin embargo, no era tan fácil como parecía. Ana María necesitó de toda la disciplina que poseía para poder centrarse en algo con la suficiente fuerza como para que su cerebro dejara de prestar atención al sonido y al dolor. El resto fue casi instintivo. Se lanzó hacia adelante, agarrando la alabarda, y rodó por el suelo. Agachada, golpeó con la punta de la lanza hacía arriba y hacia adelante, golpeando a la banshee en el estomago. Físicamente, la hoja de la lanza no podía hacerle demasiado daño al espíritu, pero las llamas que habían estado rodeando a la lanza se avivaron por momentos, y luego rodearon la figura fantasmal, que cambió su canto de muerte por un chillido de dolor sobrenatural. Todavía concentrada en sus movimientos, y dejando el mundo exterior fuera de su mente por un momento, se echó hacia atrás, llevándose consigo la alabarda, y se puso en pie. Balanceó la lanza, haciendo uso del peso del metal para que el arma ganara inercia, y la hoja de la lanza atravesó de lado a lado al fantasma. Con un último grito de dolor, la banshee se desvaneció en el aire.

Ana María, extenuada y con la cabeza y las orejas doliéndole terriblemente, se dejó caer en el suelo, soltando la alabarda, cuya hoja en aquellos momentos carecía de llamas, volviendo a ser una alabarda normal y corriente... por el momento. De rodillas, la joven se llevó la mano al oído derecho, que era el que más le estaba doliendo, y notó un líquido pegajoso. Puso los dedos delante de sus ojos y comprobó que se trataba de sangre. Por un momento temió que el enfrentamiento le hubiera reventado algún órgano auditivo, haciéndole imposible oír. Con un gesto de desespero golpeó la lanza, que rodó por el suelo produciendo un fuerte ruido que escuchó con toda claridad. Con un suspiro de alivio comprobó que no había perdido toda su capacidad auditiva, aunque aún estaba por ver si no habría perdido un pequeño porcentaje de la misma. Claro que tampoco estaba como para comprobarlo en aquel momento. Se dejó caer cuan larga era en el suelo, rezando para que ninguna criatura del castillo se la encontrara en aquella posición.


No sabía cuanto tiempo había pasado inconsciente en la sala en la que se había enfrentado con la banshee, pero estaba agradecida por el hecho de que ningún otro monstruo le hubiera saltado encima mientras estaba fuera de juego. Había tardado unos cuantos minutos en encontrar la llave que abría la puerta de reja que daba a la escalera, y había comenzado a subir. La caminata no era dura, pero sí algo larga, y Ana María estaba preguntándose a qué lugar llevaría aquella escalinata.

Durante la escalada se había encontrado con otros dos o tres murciélagos asesinos, pero después de la nube de mamíferos alados y de la banshee, aquello le parecía coser y cantar. La lanza de brujas, como la había llamado la banshee, también se había mantenido apagada, como si la llama solo reaccionara a los seres fantasmales. Al menos, ella creía recordar que no había tenido llama cuando se había enfrentado a los zombis. Fuera como fuese, parecía una alabarda normal, como las que se vendían en las tiendas de Toledo, junto con espadas medievales, katanas y ballestas.

Las escaleras, al igual que el resto del trayecto anterior, estaban iluminadas por antorchas, dándole al lugar un aspecto maldito y tenebroso. Ana María había decidido que lo primero que haría después de salir de allí sería hacer como Santa Teresa: quitarse las zapatillas y sacudirlas, porque de allí no pensaba llevarse ni el polvo. Recuerdos dudaba que se llevara, porque estaba más que segura de que cuando saliera de aquella, su mente cogería todo lo relacionado con aquel sitio, lo cerraría bajo llave y pondría un letrero en la puerta que dijera: "Prohibido el paso. Peligro de muerte."

Y, por una vez en su vida, pensaba hacerle caso.

Las escaleras se detenían en una pequeña habitación, apenas más ancha que un pasillo, de piedra negra, y una puerta de madera reforzada con hierro cerraba de nuevo el paso. Ana María apretó el picaporte y empujó. La puerta, en respuesta, se abrió con un chirrido que hizo que la joven española pusiera una mueca de dolor al escuchar el ruido. Al parecer, sus oídos no se habían recuperado del todo de su enfrentamiento con la banshee. Abrió la puerta lo suficiente como para pasar con facilidad sin tener que abrirla del todo, esperando no hacer sufrir demasiado a sus pobres orejas.

Ante ella se extendía un nuevo nivel de mazmorras, y la joven no pudo evitar bufar, disgustada. Había esperado haberse encontrado con un panorama menos deprimente. El pasillo que daba a la puerta seguía hacia adelante durante unos cuantos metros, y luego se cruzaba perpendicularmente con otro corredor que, probablemente llevara a más celdas. Un suspiro de desesperación se escapó de la garganta de Ana María. Avanzó hacia el cruce, y se detuvo justo ante los tres caminos que se le abrían.

-Y bien, ¿ahora por dónde?- se preguntó en voz alta.

Intentó distinguir lo que hubiera más adelante en los tres caminos, pero la luz apenas le permitía ver más allá de cinco o seis metros, con lo que no le era posible ver que demonios podía encontrarse por delante. Suspiró de nuevo y se apoyó sobre la alabarda. Apenas había empezado, y sentía como si le hubieran robado todas sus fuerzas. Si no encontraba pronto a los demás, dudaba mucho que pudiera salir del siguiente enfrentamiento tan bien como en el de la banshee. Cerró los ojos.

"De todas formas, ¿quién me manda a mí aceptar? Ni siquiera me van a pagar como en la anterior ocasión. Si, vale, eso de salvar el mundo mola mucho y todo lo que quieras, pero me temo que eso no me va. Nunca he sido del tipo heroico, ¿no? Ni siquiera aquí parezco merecerme un papel más allá de la secundaria..."

Escuchó un ruido como de hueso contra metal a su izquierda. Alarmada, se irguió y abrió los ojos, girándose en la dirección de la que venía el ruido. Pero no vio nada. Aun así, se mantuvo en guardia, esperando escuchar algo que le indicara que lo que había oído no era una ilusión causada por unos nervios auditivos dañados.

El sonido se volvió a repetir. Apenas lo podía escuchar, era como los efectos especiales de una película que se estuviera emitiendo en una tele a toda potencia en el primer piso de un edificio y tú estuvieras en el último. El sonido no era nada agradable, puesto que si había zombis y banshees en el castillo, ¿qué impedía que hubiera esqueletos moviéndose también? A fin de cuentas, aquello se parecía cada vez más a alguna película de horror de las antiguas. Y también tenía que decir que las pelis de Simbad nunca le habían gustado demasiado.

Ana María se maldijo a si misma cuando comprendió que uno de sus peores defectos, la curiosidad, iba a ganar a su sentido común. Era algo que siempre le había superado. Con la alabarda lista para el ataque, avanzó por el pasillo a su izquierda, atenta a todo ruido o movimiento que se pudiera producir, y de vez en cuando volviendo la vista hacia atrás en caso de que algo la atacara por la espalda. Sus nervios parecían alambres estirados de lo tensa que estaba.

A medida que caminaba por aquel pasillo, los sonidos se hacían más fuertes, especialmente el de metal chocando contra hueso, aunque de vez en cuando le parecía escuchar algo más, como llamaradas o chispas. Al principio habían sonado muy apagados, pero poco a poco se iban haciendo más claros, hasta que finalmente no le quedó duda a Ana María que debía de tratarse de uno de sus compañeros luchando contra algo que carecía de buena parte de su carne. Con el corazón en un puño, se lanzó a la carrera en dirección al ruido. Torció una esquina y se encontró con que el pasillo avanzaba un poco hasta verse bloqueado por una puerta. Los sonidos de lucha venían del otro lado, todavía apagados por la madera, pero más claros que antes.

Decidiendo que no estaba la cosa para delicadezas como abrir educadamente la puerta, la joven española le dio una fuerte patada a la puerta. Esta giró sobre los goznes con fuerza y acabó chocándose contra la pared. De haber habido alguien detrás de la puerta se habría llevado un buen porrazo, por muy no muerto que fuera. Pero Ana María no estaba como para comprobar aquello, y dio un paso dentro de la sala.

Era, como en el piso anterior, una sala de guardia, algo más grande que la anterior. En el otro extremo había una puerta de barrotes muy similar a la que ella había abierto una vez se había encargado de la banshee. La mayor parte del grupo de esqueletos estaba allí, intentando pasar por encima de alguien que se había parapetado en la estrechez de la puerta para evitar ser rodeado por los montones de huesos andantes. Los bichos parecían demasiado concentrados en su víctima como para darse cuenta de que una nueva invitada había aparecido y estaba dispuesta a convertir en polvo a unos cuantos de los monstruos allí presentes.

Entre aquella masa de hueso, a Ana María le resultaba difícil distinguir la figura del que estaba peleando, pero al poco tiempo vio alzarse una espada, y a la joven española no le quedó la menor duda de quien era el que estaba frente a los esqueletos.

Con un grito de batalla que más parecía el aullido de un lobo hambriento que acababa de saltar encima de un conejo desprevenido, Ana María saltó hacia delante, balanceando la alabarda de un lado a otro. En general, el filo no debería haber causado grandes estragos en aquellos monstruos sin carne, pero el peso de la alabarda quebró los huesos de varios de los esqueletos ante ella. Algunos de los monstruos se volvieron para ver que demonios era lo que les estaba atacando con tanta saña, y sus cuencas vacías y sin vida se encontraron de frente con unos ojos de aguamarina ardiendo con un fuego interno que, en el caso de una persona, habría asustado al más pintado.

Ana María no se molestó en darle la vuelta a la alabarda cuando completó el balanceo en la dirección contraria. Su mejor arma contra los esqueletos no era el filo del arma, sino su enorme peso y contundencia. Pronto la fila de atrás quedó despejada. Sin embargo, los esqueletos no parecía afectados en lo más mínimo por el hecho de encontrarse rodeados.

Bien, aquello no le importaba en lo más mínimo a Ana María, porque pensaba reunirse de nuevo con Alucard aunque aquello le costara unas cuantas heridas.

Como respondiendo a su decisión, la hoja de la alabarda se cubrió de llamas.


NOTAS DE LA AUTORA: Y aquí lo dejo por ahora. En el siguiente llega la parte de Alucard en solitario, y pienso ponérselo algo más difícil que a la señorita. Tengo tendencia a putear a mis protagonistas, pero también se evaluar los niveles de fuerza. Quiero comentar un par de cosas. La primera es que la pelea principal, es decir, la de Ana María con la banshee, la puse con mucha reticencia. Como amante de la mitología celta, me siento un poco dolida de como evolucionaron las banshee originales. La leyenda conocía de las banshee, las plañideras, es que son espíritus cuyo canto anuncia la muerte de aquel que las oye, o de alguien de la casa. La leyenda celta cuenta que las banshee son las diosas celtas, que se ocultaron en el interior de las colinas, mientras que los dioses celtas se convirtieron en banshees. Como fan de Caírpre, dios celta de los bardos, me siento dolida por como han cambiado las banshee. Por cierto que la imagen que cogí de la banshee es similar a la que sale en Gargoyles. Me gustaba la pinta.

Respecto a diferentes cosas relacionadas con lo que hace o dice Ana María. Lanza de Brujas era el nombre que recibía el arma de Eric Lecarde en el libreto de instrucciones del Castlevania: The New Generation, aunque en el juego fuera más conocida como "Lecarde's spear". Dado que Eric, al igual que Ana María, era un pelín novato en el asunto, me parecía más lógico lo de Lanza de Brujas. Y de paso que fuera un arma conocida. Como aquí no hay potenciador de armas, las llamas reaccionan con la fuerza de voluntad y el deseo de pelear. Y por último, "gatos" en jerga castellana es el nombre que se les da a los madrileños. Madrid, al parecer, era una zona celta, de ahí la puntualización.