DISCLAIMER: Super Dimension Fortress Macross no es mía. Pertenece a Studio Nue y Tatsunoko Productions. Este fanfic fue escrito a petición de Ameban, que pidió un fanfic corto de alguna serie que le gustara. Como me sentía más cómoda con Macross, este es el resultado.
Somos Meltlandi, guerreras orgullosas y fuertes, invencibles en el campo de batallas.
Eso era lo que creíamos.
Fuimos creadas, al igual que los Zentradi, con el único propósito de combatir. No conocíamos otra cosa que la batalla. Nuestros creadores consideraron que lo único que debíamos saber era lo concerniente a la guerra. Como no conocíamos otra cosa, no anhelábamos un destino diferente. Solo vivíamos por y para aquello para lo que habíamos sido creados, y no conocíamos otro orgullo que hacerlo mejor que los demás. Se nos prohibió acceder a aquellos planetas en los que existiera aquello conocido como “cultura”. No pusimos en duda aquella orden más que una vez. No es difícil comprender, una vez visto el resultado, por qué se nos dio dicha orden. Pero tal vez eso sirva para reflexionar sobre la crueldad de nuestros creadores.
Ellos mismos habían plantado las semillas de nuestra caída, que no tardarían en germinar.
Nuestros creadores habían desaparecido, arrastrados, ¿tal vez destruidos?, por una guerra contra otra raza de la que poco sabíamos. Había pasado ya tiempo, pero todos recordábamos el juramento hecho entonces de perseguir a aquellos seres hasta los confines de la galaxia. Eso fue lo que arrastró a los zentradi hasta un mísero planeta en uno de los extremos de la galaxia. Un mísero planeta con una mísera nave.
La nave había pertenecido a nuestros enemigos, a aquellos contra los que habíamos jurado luchar, incluso después de la pérdida de nuestros creadores. Ninguna de entre nosotras sabía realmente cómo habían llegado hasta ella. No nos importaba. En el fondo, solo podíamos sonreír con desdén hacia nuestros compañeros masculinos, que hasta el momento habían fallado en arrebatar la nave de las manos de los patéticos miclonianos que no sabían siquiera manejar la mitad del instrumental de la misma. Qué necias éramos, me doy cuenta ahora. Pero, ¿realmente se nos puede culpar de algo? No sabíamos entonces a qué nos enfrentábamos.
Y la que menos lo sabía era Milia.
No había nadie más admirable que ella. Era la mejor piloto de entre todas nosotras, la mejor guerrera. No tenía igual, y no dejaba de demostrarlo una y otra vez. Y lo sabía. Lo sabía del mismo modo que las demás lo sabíamos. Había entre nosotras aquellas que envidiaban su capacidad y por ello la odiaban. Y había entre nosotras aquellas que la admirábamos y luchábamos por llegar a la meta inalcanzable de ser como ella. No, no conocíamos a nadie como ella, nadie que la igualara, no nos planteábamos la existencia de alguien que pudiera eclipsar a Milia. Si nos hubieran planteado esa situación, nos habríamos echado a reír. Por eso, es duro aceptar que se obsesionara con la nave azul.
Aunque, por otro lado, tal vez no debería extrañarnos. Aquel piloto era un demonio. En los pocos instantes que Milia tardó en vislumbrar aquella centella azulada, a pocas nos quedaban dudas de que, entre todos nuestros enemigos, aquel micloniano iba a ser el que más problemas, y bajas, causara. Milia fue a por él. Era como si lo hubiera estado buscando. Tal vez fuera así. Poca atención podíamos prestar a su duelo en el fragor del combate, más interesadas en llevar a cabo nuestra misión. Pero fallamos. Y ella también había fallado en atrapar a su presa: había sido derribada por la nave azul.
De nosotras se apoderó la sorpresa, y un temeroso respeto. Todavía no podíamos pensar realmente en la posibilidad de alguien mejor que Milia, pero era alguien que no solo había logrado sobrevivir a su asalto, sino que había logrado derribarla, ¿cómo no sorprenderse? Pero nada podía compararse a lo mucho que aquel combate había afectado a Milia. Se obsesionó. Tal vez no pudiera soportar la idea de ser superada. Tal vez su orgullo la arrastrara a intentar acabar con aquel que había superado sus capacidades combativas, o tan solo un sentimiento, desconocido por nosotras hasta entonces, de perder su lugar, el que había logrado con su talento y esfuerzo. Su decisión de unirse al grupo de espionaje e introducirse en la nave enemiga nos sorprendió y preocupó al mismo tiempo. Y puede que hubiéramos hecho bien en preocuparnos. Pero no podíamos hacerla cambiar de opinión. Creo que ya entonces estábamos destinados, meltlandi y zentradi, a la derrota.
Lo ocurrido con Milia no era más que una indicación, una señal de lo que nos iba a ocurrir. Aunque ninguna de nosotras supiera lo que ella se encontró en aquella nave, el hecho de que fuera derrotada, que se obsesionara y por esa obsesión se viera expuesta a la sociedad de los miclonianos debería habernos hecho pensar, más cuando a nuestro alrededor veíamos cosas sobre lo que la exposición a los miclonianos estaba haciendo.
No fueron los combates lo que causó nuestra “derrota”. Nos retirábamos tanto como hacíamos daño, en un equilibrio de fuerzas que, de haberse tratado de otra raza, otra situación, habría acabado inclinándose a nuestro favor. Armas superiores, mayor número de tropas, sin duda la victoria habría sido nuestra en una situación normal. No, lo que nos derrotó fue la “cultura”.
No sabíamos realmente lo que era, salvo que nuestros creadores nos la habían prohibido. Nos preguntábamos por que los hombres de nuestro ejército mostraban tanto interés por las imágenes y los objetos de los miclonianos. No entendíamos lo que veíamos y, en parte, nos asustaba. Sin embargo, había algo absurdamente atrayente en todo ello. Era diferente por completo a lo que sabíamos y conocíamos, y eso nos hechizó, del mismo modo que les había hechizado a ellos. Por eso, alguna de nosotras no pudo evitar preguntarse si tal vez aquello que veíamos no merecía la pena cuando Milia nos traicionó y se casó con aquel micloniano.
¡Y la sorpresa después, cuando descubrimos que ese era el demonio de la nave azul! ¡Cualquiera lo diría, viéndole! Tan delgadito y flacucho, parecía imposible que aquel fuera el piloto que derribaba todo lo que se ponía en su rango de disparo. Cuando supimos después que lo que llevaba cubriéndole los ojos eran gafas para corregir su visión fue aún peor. ¡Tenía un impedimento visual y a pesar de ello nos destrozaba con toda facilidad! Si no lo hubiera tenido, miedo me da pensar lo que habría sido de las que sobrevivimos. Aunque, visto en retrospectiva, Milia atrapó al mejor pez. Siempre era la mejor en todo, y también en aquello. ¡Y eso sí que me causa envidia!
Pero entonces, con aquella “boda” que entonces no comprendíamos lo que era, y con múltiples deserciones zentradi, incluso nosotras no podíamos evitar hacernos preguntas.
La “cultura” nos había invadido, transformado y derrotado.
Tal vez por eso, porque la exposición a la sociedad de los miclonianos, a la cultura, estaba cambiándonos, el almirante de la flota decidiera dar la orden de atacar, para aniquilarnos tanto a nosotros como al planeta Tierra y a la nave a la que habíamos perseguido. Su decisión me desconcertó entonces, pero ahora creo saber lo que le arrastró a tomarla: tenía miedo. Miedo, supongo, de que romper la prohibición sobre entremezclarse con la cultura tuviera consecuencias terribles para zentradi y meltlandi. Miedo a la derrota por un arma que no tenía forma, que no era identificable, un arma contra la que se nos había advertido, una advertencia que habíamos ignorado. No puedo excusar el ataque indiscriminado, pero entiendo por qué actuó… Y también por qué luchábamos nosotros en su contra.
En parte por nuestra supervivencia, en parte porque queríamos defender aquello que acabábamos de descubrir. Pusimos toda nuestra fuerza en una alianza con los miclonianos, esperando vencer en una batalla que parecía completamente perdida.
No… tengo recuerdos claros del combate, todo sumergido en la confusión mientras el espacio alrededor nuestro y del planeta quedaba cubierto por los disparos y las explosiones, en lo que lo único que importaba realmente era seguir con vida. ¿A cuántos derribé? ¿Cuántas de mis compañeras fueron derribadas? Antes, había estado orgullosa de mis derribos, de los enemigos a los que había aniquilado. Pero en aquella batalla, solo me preocupaba de vivir, y de intentar no golpear a uno de aquellos frágiles cazas variables de los miclonianos. Cuando la nave Macross se introdujo en la nave del almirante y la destruyó, poniendo fin a aquella guerra, la sensación exultante de la victoria quedó apagada frente a la de alivio porque todo hubiera acabado ya y yo y mis compañeras estuviéramos vivas, al menos en buena parte.
Pero se había destruido tanto…
Incluso con nuestros esfuerzos, con todo lo que habíamos luchado y arriesgado, aquel planeta que era la cuna de los humanos había quedado arrasado. ¿Cómo no sentirse culpable? Pero habíamos hecho todo lo que habíamos podido. Incluso así, era difícil borrar la sensación de que no había sido suficiente.
Nuestra raza, aquellos que habíamos sobrevivido a la batalla (a veces, todavía escucho la canción de Minmay en mi cabeza, grabada a fuego en mi cerebro), optamos por vivir con los humanos. Una buena parte de nosotros estábamos contentos con el resultado, viviendo una nueva vida y aprendiendo “cultura”. Mi primer encontronazo con una tostadora no fue muy agradable que digamos. Pero estaba encantada de aprender, y de tener una vida diferente. Había otra opción, y podía tomarla. Porque quería tomarla, no porque no conocía otra cosa. En realidad, por aquel entonces no tenía esa idea, simplemente estaba contenta, y como estaba contenta con aquello que hacía, seguía haciéndolo. No habría sabido explicarlo entonces, y ahora… Tampoco estoy segura de saber explicarlo bien. Baste decir que a mí me gustaba esa vida.
Creía entonces que podía vivir esa vida sin tener en cuenta la que había dejado atrás. Era cierto que, frente a los miclonianos, que nacían, ¡nacían!, dentro de aquella cultura, nosotros teníamos todas las de perder. Pero aprendíamos, poco a poco. Y yo pensaba que podíamos adaptarnos perfectamente, aceptar en un abrir y cerrar de ojos que nuestra vida como guerreros había quedado atrás, y ahora teníamos nuestra vida de trabajadores y miembros de una sociedad pacífica en apariencia. Que ambas cosas encajarían sin problemas.
Pero no todos estaban de acuerdo con esta visión. Algunos de los miembros de mi raza deseaban volver a su vida anterior, a la vida de “orgullosos guerreros” que todo lo destruían. Me extrañaba aquella decisión. No entendía qué tenía de malo aquella vida. No comprendía cómo podían desear la destrucción de todo aquello que tanto nos había costado proteger, que tantas vidas había costado. Pero supongo que en eso, como en muchas otras cosas, nos parecemos a los miclonianos, a los humanos. Del mismo modo que los hay que no pueden vivir sin emociones fuertes, o sin una rutina diaria rallante en el aburrimiento, los hay que no pueden vivir sin la emoción de estar metido en un combate. Solo que en este caso, con lo que uno juega es con algo más que con la propia vida.
Puedo entender los actos de la comandante Lamiz. Perdonarlos es algo bastante más complicado.
Ella fue de los primeros en rebelarse contra esta vida, uniéndose a Quamzin, al que la mayoría de nosotras en su momento habíamos considerado una serpiente rastrera. Al principio, no habíamos sabido nada de aquello, y veíamos los actos de aquellos que se rebelaban contra nuestra nueva vida como ocurrencias, algo que no pasaba de meras anécdotas, peligrosas para los humanos que se encontraban alrededor, pero algo pasajero. Preocupados como estábamos con la reconstrucción de un planeta casi destrozado, no estábamos atentos a las señales. Cuando lo averiguamos… Las decisiones que tomamos entonces nos marcarían a todos, de una forma u otra.
La noticia, cuando la recibí entonces, me dejó confusa. Una parte de mí se sentía culpable. ¡Era mi líder! Era la persona a la que había seguido con la lealtad ciega que se nos había inculcado, marchando a la batalla con el deseo de luchar impuesto por nuestros creadores y con el que se nos había entrenado. Por otro lado, me sentía traicionada, porque, ¿no era esto por lo que habíamos luchado en aquella batalla contra el almirante? ¿Por lo que tanto habíamos arriesgado y sacrificado? Me constaba entenderlo porque mi sensación de pérdida era mucho menor que mi sensación de haber ganado algo importante. El orgullo, mi orgullo, era vivir aquella vida. Pero poco importa ya, supongo, las diferencias entre mi visión y la visión de mi comandante. Ella, junto con los demás que siguieron a Quamzin, tomó una decisión que les llevó a su final. Yo y otros muchos simplemente tomamos otra.
Pero aquel día, cuando la nave de Quamzin y Lamiz se estrelló contra la Macross, una parte de aquella idea mía de que podía vivir sin que mi pasado volviera a mí quedó tan destruida como la parte de la ciudad que ellos habían atacado.
Por qué ellos optaron por la guerra y nosotros por la cultura, no tiene mucha más explicación que nuestra propia naturaleza, algo que no puedo considerar siquiera lógico. Para mí, que había elegido la cultura, ver a la que había sido mi comandante estrellarse era encontrarme con el recuerdo de lo que había sido y ver que el puente que había entre mi pasado y mi presente, esa idea de que podía vivir con ambos de una forma fácil y sencilla, había sido destruido.
Ella se había sentido orgullosa hasta el último momento, pero… ¿tenía de verdad aquel final algo de lo que sentirse orgulloso?
Para ellos, nosotros habíamos perdido nuestro orgullo. Habíamos dejado atrás todo lo que teníamos sin una sola mirada, y habíamos olvidado las ansias de luchar, de ser combatientes de ser los mejores. Pero no es tan sencillo. Incluso si la ilusión de que podríamos encajar nuestro pasado y nuestro presente había sido destruida en aquella última batalla, de algún modo no puedo dejar de pensar que puedo estar tan orgullosa de mi decisión como ellos lo estuvieron de la suya. ¿Quién tenía la razón, ellos o nosotros? No creo que ninguno de los que quedamos pueda dar una respuesta, y sospecho que si ellos siguieran aquí, tampoco podrían darla.
Pienso muchas veces en ello, en si realmente hemos perdido lo que éramos y si lo que hemos conseguido está vacío. Pero entonces recuerdo a Milia. La primera en unirse con un humano. La primera en aceptar ser parte de la cultura, de una forma directa, de entre todas nosotras. Y sin embargo… Sin embargo, sé que a veces se montaba en uno de esos cazas variables y luchaba, mano a mano junto a su esposo ese maldito piloto endemoniado con gafas que da miedo solo de verlo aparecer, y el doble ahora que va acompañado por ella. Seguía siendo una guerrera. Seguía siendo orgullosa.
Seguía siendo la meltlan a la que yo deseaba igualar entonces.
En eso, creo, puedo seguir sus pasos. No es fácil, para nada en absoluto. Pero creo que puedo aceptar la cultura, vivir con ella, y también aceptar mi pasado como guerrera. Puedo ser feliz, y puedo ser orgullosa… Aunque no tener un marido como el que tiene ella. ¡Demonios! ¿Por qué rompen el molde cuando hacen uno de esos? ¡No es justo! Ah, qué más da, las hay que nacen con la suerte y el talento, y otras que solo estamos hechas para tragar el polvo. Me conformaré, supongo, con conseguir llegar al equilibrio que ella ha alcanzado.
Y creo que sé cómo hacerlo.
Lo he pensado seriamente. Ahora que mi raza, junto con los humanos, surca el espacio para encontrar más lugares en los que habitar, sitios mejores y con más esperanzas, para poder crear un lugar en el que podamos vivir con nuestra relativa paz y relativa cultura, creo que hay un modo de poder llegar a ese punto. Los voluntarios para marchar en una de las naves de colonización son tantos como aquellos que quieren reconstruir el planeta, pero no creo que quieran rechazar a alguien con la suficiente experiencia militar como para proteger una de esas naves y… por otro lado, sería una buena forma de no olvidar lo que fui, pero tampoco olvidar lo que soy ahora.
Defendiendo esa cultura que me ha convertido en lo que soy, al mismo tiempo recuerdo y encajo mi pasado y lo que fui en él.
Somos meltlandi, guerreras orgullosas y fuertes.
Pero ahora lo
somos porque nosotras decidimos serlo.

