El pueblecito, enclavado al norte de un pequeño reino,
era adorablemente aburrido. No contaba en su haber tenebrosas leyendas ni
maldiciones espantosas. Carecía por completo de tradiciones ancestrales únicas,
y no había un solo laboratorio de magia en kilómetros a la redonda. Incluso las
ciudades y pueblos que pudieran tener alguna de estas características quedaban
demasiado lejos como para que afectaran a dicho pueblecito. Sus gentes se
dedicaban a la agricultura y al pastoreo, sin cambiar su rutina diaria ni un
ápice. Podría decirse incluso que se sentían orgullosos de su absoluta y
aburrida normalidad.
¿Cómo no sentirse orgullosos? Pueblecitos iguales que
este, salvo por ese ínfimo detall original que les distinguía, eran arrasados
tarde o temprano por algún hechicero loco. Los relatos de una mujer-monstruo
mata-bandidos que había reducido regiones enteras a cráteres humeantes eran
demasiados. Pero era imposible que este pueblo, dejado de la mano de Cepehid,
pudiera atraer a nadie con ese nivel de peligrosidad. Ni siquiera los monstruos
tenían interés en ellos, y el único grupo de asaltadores de caminos que había
en la vecindad eran tan inútiles que no podrían ni robarles caramelos a los
niños. No había nada que pudiera atraer a ningún destructor de ciudades a su
puerta.
La fama del pueblecito no tardó en extenderse. Un
bucólico lugar sin emoción alguna, jamás aquejado de los problemas que plagaban
a cualquier otra aldea. Aquella tranquilidad parecía, a ojos de algunos
personajes con demasiado dinero para gastar, el descanso ideal para sus
agitadas vidas llenas de envenenamientos y apuñalamientos por la espalda. Los
primeros visitantes fueron recibidos con miradas curiosas, y algo de terror por
parte de los bandidos locales que, demasiado cómodos en su ineptitud, no sabían
cómo tratar con aquellos personajes con oro aparentemente fácil. Cuando dichos
ricachones volvieron, solo pudieron hablar maravillas del soberano aburrimiento
del que tanto habían disfrutado. En poco tiempo, una pléyade de viajeros asaltó
la aldea.
Los pueblerinos, que podían ser sosos pero desde luego
no eran idiotas, vieron una oportunidad única para ganar un buen dinero, y al
poco tiempo todos se habían volcado en el negocio del turismo. Hasta los
bandidos, que se dieron cuenta de la mejora de su situación cuando, en lugar de
huir, los turistas rieron, aplaudieron y les dieron más dinero del que jamás
habían podido robar. De esta manera, la pequeña y aburrida villa convertida en
centro vacacional para nobles estresados comenzó su lenta escalada hacia la
fama, sin darse cuenta de que aquello era lo que marcaría su destrucción.
Incluso si seguí siendo aburrida.
El comienzo del fin es siempre inocente.
La chica que vendía la guía turística a la entrada del
pueblo no hacía demasiadas distinciones entre sus clientes. Todos tenían ropas
lujosas y apestaban a dinero, y a ella no le importaba si eran reyes, nobles,
sacerdotes o mercenarios siempre que pagaran y ella pudiera acabar pronto para
ir a cuidar a sus ovejas. Por eso, el tipo vestido con ropas oscuras, pelo
violeta a media melena, ojos permanentemente cerrados y sonrisa estúpida no le
resulto amenazante de una manera especial. Cuando pidió la guía, la chica
invocó su mejor sonrisa de vendedora y, tras darle el librillo, recogió las
monedas que le daba con un “muchas gracias por su compra” que sonaba vacío.
Fue en ese momento cuando el jefe de los “guardias” lo
vio.
Había llegado tiempo atrás, un par de años antes de
que el pueblecito decidiera abrirse al turismo, narrando historias espantosas de
magas chifladas, sacerdotes demoníacos y espadachines desalmados que habían
destruido su hogar. Se había empeñado entonces en crear una pequeña milicia
para la seguridad del pueblo, incluso si este no la necesitaba. El alcalde
había aceptado, simplemente para que dejara de darle la lata. Unos pocos de los
jóvenes del pueblo se unieron, aunque solo fuera como excusa para librarse de
trabajar en el campo, y ninguno tenía entrenamiento en combate, ni parecía muy
decidido a meterse en uno. Esto no impidió que el jefe de la milicia se tomara
muy en serio su trabajo, y más aún cuando los turistas comenzaron a llegar.
Demasiado, tal vez.
Cuando miró al sacerdote que le estaba comprando la
guía a una de las chicas, le resultó familiar. Cualquier otro en el pueblo se
habría encogido de hombros y hubiera seguido adelante. Si hubiera sido el novio
de la chica, hubiera pasado por allí para asegurarse de que el negocio no fuera
más allá de eso. Pero el jefe de la milicia era, además de cabezón, un tipo
muy, muy suspicaz, de forma que se quedó mirando al sacerdote, preguntándose de
qué le sonaba. Hasta que su mente dio con un claro recuerdo, la descripción de
un personaje que había estado en algunos de esos pueblos arrasados. No podía
permitir que semejante desaprensivo continuara suelto. Así que, con voz
potente, ordenó a los dos chicos que le acompañaban:
-¡Detenedlo!
Los chicos se miraron, sorprendidos, sin entender qué
tenía de diferente el sacerdote comparado con cualquier otra persona que
comprara las guías del pueblo. Pero ya habían sufrido en más de una ocasión las
iras de su jefe, por lo que, con un encogimiento de hombros, se apresuraron a
cumplir sus órdenes.
-¡Alto ahí!
El sacerdote los miró, su sonrisa se ensanchó y con un
“hasta luego” a la anonadada vendedora… Echó a volar. No es que sorprendiera
demasiado a los presentes, porque por muy aburrido que fuera aquel sitio, todos
sabían que los sacerdotes podían hacer uso de la magia. Pero los chicos, cuya
opción a dejar escapar al tipo era recibir una paliza, decidieron continuar la
persecución como buenamente pudieran, aunque solo fuera por hacer los méritos
suficientes como para que no les corrieran a gorrazos por haber fallado. El
jefe de la guardia, comprendiendo las altas posibilidades de escape, se unió a sus
muchachos en la carrera, ahogando con sus gritos los ruidos a su alrededor, y
llamando la atención de todos los viandantes.
Pronto, una pequeña multitud seguía al sacerdote
volador, entre los guardias y los curiosos. El jefe de la milicia indicó a uno
de sus subordinados para que advirtiera a los demás para obtener toda la ayuda
posible. Cuando bajara, y en algún momento tendría que bajar, le atraparían.
Por su parte, el resto de la muchedumbre estaba formada por visitantes que
consideraban aquello uno más de los espectáculos que se les ofrecía. Tampoco es
que hubiera nada mucho más interesante que ver.
El sacerdote dirigió su vuelo, leyendo constantemente
la guía que acababa de comprar, hacia la plaza del pueblecito. Era una plaza
normal y corriente, cuyo único edificio digno de mención era el ayuntamiento.
Era un edificio de piedra con un reloj de sol muy antiguo, que había sido
subido allí por un alcalde caprichoso en extremo hacía unos cincuenta años. Era
con toda probabilidad la única visita histórica digna de mención.
En aquellos momentos, el alcalde se encontraba en el
exterior del edificio, recibiendo a un distinguido visitante, un mago venido de
la ciudad de Atlas. El hombre, calvo, rechoncho y con un ego más gordo aún que
su cuerpo, disfrutaba de la fanfarria que tocaba la por otro lado malísima
banda musical del pueblo. Era este mago uno de esos individuos con poder que
tenían una opinión muy clara de dónde debían estar los demás: bajo su bota.
Frente a él, el alcalde, igual de rechoncho y calvo pero mucho más sensato,
sudaba a mares, más por el nerviosismo que por el calor de aquel día. Era lo
bastante sensato, de hecho, como para comprender el peligro de tener a alguien
con tanta fuerza destructiva y tan pocos redaños a un metro de distancia. Es entonces
comprensible que su rostro palideciera y mostrara una expresión horrorizada
cuando vio aterrizar en medio de la comitiva a un tipo de sonrisa estúpida, con
ropas sacerdotales de colores oscuros, guía en mano, como si con él no fuera la
cosa.
El sacerdote, con su sonrisa estúpida, alzó la vista
hacia el reloj de sol, todavía ignorando las bocas abiertas de los presentes,
la cara cada vez más roja del mago, y la cara cada vez más blanca del alcalde.
-No es especialmente notable- dijo, con un gesto como
de asentimiento-, pero eso es parte de su encanto.
En ese momento, el mago de ego desmedido perdió la
poca paciencia que poseía y, con unas zancadas firmes y seguras, se plantó
delante del sacerdote, bloqueando su visión. El hombre al que el mago pretendía
avasallar no pareció reaccionar a la amenaza.
-¿Se puede saber quién eres y qué demonios haces aquí?
-Eso- contestó el sacerdote- es un secreto.
La respuesta estaba muy lejos de calmar al mago,
aunque no era como si el sacerdote se viera afectado. La cosa ya iba mal por si
sola, pero fue en ese el momento en el que el jefe de la milicia decidió
aparecer, sudoroso, con el rostro enrojecido y jadeante por la carrera. Detrás
de él estaba la multitud que le había seguido, y unos cuantos refuerzos. Sin
perder su sonrisa, el sacerdote los miró.
-¡Alto ahí! ¡Quedas detenido!- vociferó el hombretón.
-Son bastante insistentes, ¿verdad? Pero si no, no
sería divertido.
El mago, lejos de encontrarlo entretenido, se hinchó
cual lechuza amenazada, y un tanto calva, y señaló al sacerdote como si fuera a
destruirlo en cualquier momento.
-¡Encierren a este…!
Pero antes de que pudiera acabar la orden, el clérigo
había salido disparado hacia arriba, impulsado por un hechizo… justo a tiempo
para que viera como una turba se le venía encima, atropellándole.
El sacerdote se había encaramado a la aguja de piedra
del reloj de sol del ayuntamiento, con una ligera brisa tirando de su capa.
Seguía con la guía en la mano, y ahora parecía estar pasando páginas en busca
de una nueva atracción que visitar. El jefe de la milicia se había quedado a
una distancia que le permitiera ver a su presa, gritando al mismo tiempo
imprecaciones contra el individuo y órdenes a sus subordinados para que
intentaran subir a cogerle. Los chicos intentaban convencer a su líder de que
eso era imposible, puesto que no había acceso al tejado. Y en estas estaban
cuando varias personas entre la multitud lanzaron gritos de espanto y se
apartaron de un punto, abriendo un círculo irregular.
En el centro estaba el mago. El color de su cara
encendida en furia era muy similar al de la remolacha. Las palabras de un
hechizo salían de su boca como escupitajos.
-¡No!- gritó el alcalde, apartando a la gente a
empujones-. ¡No lancéis eso aquí!
Pero era demasiado tarde. Una inmensa bola de fuego
surcó los aires en dirección al incauto sacerdote.
-¡Vaya, qué susceptible!
Esas fueron las últimas palabras del individuo antes
de desaparecer en el aire. Un segundo después, la bola de fuego impactó contra
el reloj de sol, y la zona se sumió en una terrible explosión mágica.
Cuando el humo y el polvo se despejaron, en el cráter
que antes había sido la plaza del pueblo, quedaban en pie solo dos personas,
rodeadas de los doloridos murmullos de los ciudadanos y visitantes. Eran dos
figuras rechonchas. Una de ellas estaba cubierta de hollín, y parecía a punto
de estallar.
-Tal vez me he pasado con la potencia del hechizo-
musitó el mago, más pensativo que avergonzado.
El alcalde cerró la distancia entre ambos a una
velocidad inusitada, acercando su furioso rostro al del mago y clavando en sus
ojos una mirada que decía que, como intentara cualquier cosa, sería hechicero
asado.
-Ciertamente. La Asociación de Hechiceros de Atlas
recibirá la factura de los daños causados. Espero el pago íntegro de los
mismos, o mis cerdos tendrán un plato de carne especial.
Normalmente, el mago habría quemado a aquel iluso,
pero cuando vio que el resto de los presentes comenzaban a levantarse, con
expresiones iguales a las del alcalde, comprendió que la amenaza tenía muchos
visos de verse cumplida.
-Po-por supuesto. Todo correrá de mi cuenta.
-Bien- dijo el alcalde-. Y ahora…
Se giró, lanzó su mano hacia un bulto lloriqueante que
era el jefe de la milicia, y lo levantó en el aire.
-Espero que las explicaciones sean buenas.
El jefe de la milicia se encogió aún más, sabiendo lo
que le esperaba.
Todo el peso de la ira del pueblecito que había dejado
de ser el único no destruido por un mago caería sobre él. O eso, o los cerdos.
Lejos, a una distancia segura, Xellos ojeaba su nueva
guía.
Los humanos eran de lo más divertido. Solo había que
ver la que habían organizado en unos minutos. ¡Y estos ni siquiera le conocían!
Había sido sin duda un viaje la mar de entretenido. Tal vez no tan destructivo
como era habitual, pero había clases y clases. No se podían quejar, normalmente
lo que habría quedado del pueblo habría sido un cráter aún más grande. Se tenía
que preguntar cómo lograban mantener algún rastro de civilización entre tantas
explosiones.
La verdad es que no había tenido ninguna intención
secreta, ni siquiera un cierto interés en el pueblecito. Solo había ido allí a
adquirir una nueva guía turística para su colección. No parecía gran cosa,
pero, ¿qué clase de coleccionista sería si no la compraba?
Pero ahora…
Ahora tenía un artículo de coleccionista. Las guías
que fueran a realizar, si es que el pueblecito no decidía volver a sus días de
paz, serían completamente distintas. Solo habría unas pocas copias como la
suya. ¡Un artículo auténtico y muy valioso! Que él fuera la causa inicial que
había acabado en lo que había convertido su guía en un objeto de coleccionista,
la destrucción del ayuntamiento, era algo que no le preocupaba. Si no sentía
remordimiento alguno por las cosas que él hacía, desde luego no pensaba tenerlos
por la estupidez de un par de individuos.
Y más cuando sus sentimientos negativos eran tan buen
alimento. ¿Quién sabía? Tal vez debería volver a visitar aquel pueblecito…
Con una sonrisa conocedora, el sacerdote que no era
tal, no según el entendimiento de aquellos que le habían perseguido, se
desvaneció hacia el plano astral, dejando tan solo una imagen residual que
desapareció como si nunca hubiera estado allí.

