Persigue a ese clérigo

DISCLAIMER: Slayers no es mía, pertenece a Hajime Kanzaka y Rui Araizumi. Este fanfic fue escrito a petición de mi amiga Mariu, que solicitó un fanfic de Slayers en el que solo saliera Xellos. No soy lo que se dice buena en escribir cosas de comedia, pero creo que esto le gustaría más que intentar meterme en la cabeza de un mazoku, así que... Espero que te gustara, Mariu.

El pueblecito, enclavado al norte de un pequeño reino, era adorablemente aburrido. No contaba en su haber tenebrosas leyendas ni maldiciones espantosas. Carecía por completo de tradiciones ancestrales únicas, y no había un solo laboratorio de magia en kilómetros a la redonda. Incluso las ciudades y pueblos que pudieran tener alguna de estas características quedaban demasiado lejos como para que afectaran a dicho pueblecito. Sus gentes se dedicaban a la agricultura y al pastoreo, sin cambiar su rutina diaria ni un ápice. Podría decirse incluso que se sentían orgullosos de su absoluta y aburrida normalidad.

¿Cómo no sentirse orgullosos? Pueblecitos iguales que este, salvo por ese ínfimo detall original que les distinguía, eran arrasados tarde o temprano por algún hechicero loco. Los relatos de una mujer-monstruo mata-bandidos que había reducido regiones enteras a cráteres humeantes eran demasiados. Pero era imposible que este pueblo, dejado de la mano de Cepehid, pudiera atraer a nadie con ese nivel de peligrosidad. Ni siquiera los monstruos tenían interés en ellos, y el único grupo de asaltadores de caminos que había en la vecindad eran tan inútiles que no podrían ni robarles caramelos a los niños. No había nada que pudiera atraer a ningún destructor de ciudades a su puerta.

La fama del pueblecito no tardó en extenderse. Un bucólico lugar sin emoción alguna, jamás aquejado de los problemas que plagaban a cualquier otra aldea. Aquella tranquilidad parecía, a ojos de algunos personajes con demasiado dinero para gastar, el descanso ideal para sus agitadas vidas llenas de envenenamientos y apuñalamientos por la espalda. Los primeros visitantes fueron recibidos con miradas curiosas, y algo de terror por parte de los bandidos locales que, demasiado cómodos en su ineptitud, no sabían cómo tratar con aquellos personajes con oro aparentemente fácil. Cuando dichos ricachones volvieron, solo pudieron hablar maravillas del soberano aburrimiento del que tanto habían disfrutado. En poco tiempo, una pléyade de viajeros asaltó la aldea.

Los pueblerinos, que podían ser sosos pero desde luego no eran idiotas, vieron una oportunidad única para ganar un buen dinero, y al poco tiempo todos se habían volcado en el negocio del turismo. Hasta los bandidos, que se dieron cuenta de la mejora de su situación cuando, en lugar de huir, los turistas rieron, aplaudieron y les dieron más dinero del que jamás habían podido robar. De esta manera, la pequeña y aburrida villa convertida en centro vacacional para nobles estresados comenzó su lenta escalada hacia la fama, sin darse cuenta de que aquello era lo que marcaría su destrucción. Incluso si seguí siendo aburrida.

El comienzo del fin es siempre inocente.

La chica que vendía la guía turística a la entrada del pueblo no hacía demasiadas distinciones entre sus clientes. Todos tenían ropas lujosas y apestaban a dinero, y a ella no le importaba si eran reyes, nobles, sacerdotes o mercenarios siempre que pagaran y ella pudiera acabar pronto para ir a cuidar a sus ovejas. Por eso, el tipo vestido con ropas oscuras, pelo violeta a media melena, ojos permanentemente cerrados y sonrisa estúpida no le resulto amenazante de una manera especial. Cuando pidió la guía, la chica invocó su mejor sonrisa de vendedora y, tras darle el librillo, recogió las monedas que le daba con un “muchas gracias por su compra” que sonaba vacío.

Fue en ese momento cuando el jefe de los “guardias” lo vio.

Había llegado tiempo atrás, un par de años antes de que el pueblecito decidiera abrirse al turismo, narrando historias espantosas de magas chifladas, sacerdotes demoníacos y espadachines desalmados que habían destruido su hogar. Se había empeñado entonces en crear una pequeña milicia para la seguridad del pueblo, incluso si este no la necesitaba. El alcalde había aceptado, simplemente para que dejara de darle la lata. Unos pocos de los jóvenes del pueblo se unieron, aunque solo fuera como excusa para librarse de trabajar en el campo, y ninguno tenía entrenamiento en combate, ni parecía muy decidido a meterse en uno. Esto no impidió que el jefe de la milicia se tomara muy en serio su trabajo, y más aún cuando los turistas comenzaron a llegar. Demasiado, tal vez.

Cuando miró al sacerdote que le estaba comprando la guía a una de las chicas, le resultó familiar. Cualquier otro en el pueblo se habría encogido de hombros y hubiera seguido adelante. Si hubiera sido el novio de la chica, hubiera pasado por allí para asegurarse de que el negocio no fuera más allá de eso. Pero el jefe de la milicia era, además de cabezón, un tipo muy, muy suspicaz, de forma que se quedó mirando al sacerdote, preguntándose de qué le sonaba. Hasta que su mente dio con un claro recuerdo, la descripción de un personaje que había estado en algunos de esos pueblos arrasados. No podía permitir que semejante desaprensivo continuara suelto. Así que, con voz potente, ordenó a los dos chicos que le acompañaban:

-¡Detenedlo!

Los chicos se miraron, sorprendidos, sin entender qué tenía de diferente el sacerdote comparado con cualquier otra persona que comprara las guías del pueblo. Pero ya habían sufrido en más de una ocasión las iras de su jefe, por lo que, con un encogimiento de hombros, se apresuraron a cumplir sus órdenes.

-¡Alto ahí!

El sacerdote los miró, su sonrisa se ensanchó y con un “hasta luego” a la anonadada vendedora… Echó a volar. No es que sorprendiera demasiado a los presentes, porque por muy aburrido que fuera aquel sitio, todos sabían que los sacerdotes podían hacer uso de la magia. Pero los chicos, cuya opción a dejar escapar al tipo era recibir una paliza, decidieron continuar la persecución como buenamente pudieran, aunque solo fuera por hacer los méritos suficientes como para que no les corrieran a gorrazos por haber fallado. El jefe de la guardia, comprendiendo las altas posibilidades de escape, se unió a sus muchachos en la carrera, ahogando con sus gritos los ruidos a su alrededor, y llamando la atención de todos los viandantes.

Pronto, una pequeña multitud seguía al sacerdote volador, entre los guardias y los curiosos. El jefe de la milicia indicó a uno de sus subordinados para que advirtiera a los demás para obtener toda la ayuda posible. Cuando bajara, y en algún momento tendría que bajar, le atraparían. Por su parte, el resto de la muchedumbre estaba formada por visitantes que consideraban aquello uno más de los espectáculos que se les ofrecía. Tampoco es que hubiera nada mucho más interesante que ver.

El sacerdote dirigió su vuelo, leyendo constantemente la guía que acababa de comprar, hacia la plaza del pueblecito. Era una plaza normal y corriente, cuyo único edificio digno de mención era el ayuntamiento. Era un edificio de piedra con un reloj de sol muy antiguo, que había sido subido allí por un alcalde caprichoso en extremo hacía unos cincuenta años. Era con toda probabilidad la única visita histórica digna de mención.

En aquellos momentos, el alcalde se encontraba en el exterior del edificio, recibiendo a un distinguido visitante, un mago venido de la ciudad de Atlas. El hombre, calvo, rechoncho y con un ego más gordo aún que su cuerpo, disfrutaba de la fanfarria que tocaba la por otro lado malísima banda musical del pueblo. Era este mago uno de esos individuos con poder que tenían una opinión muy clara de dónde debían estar los demás: bajo su bota. Frente a él, el alcalde, igual de rechoncho y calvo pero mucho más sensato, sudaba a mares, más por el nerviosismo que por el calor de aquel día. Era lo bastante sensato, de hecho, como para comprender el peligro de tener a alguien con tanta fuerza destructiva y tan pocos redaños a un metro de distancia. Es entonces comprensible que su rostro palideciera y mostrara una expresión horrorizada cuando vio aterrizar en medio de la comitiva a un tipo de sonrisa estúpida, con ropas sacerdotales de colores oscuros, guía en mano, como si con él no fuera la cosa.

El sacerdote, con su sonrisa estúpida, alzó la vista hacia el reloj de sol, todavía ignorando las bocas abiertas de los presentes, la cara cada vez más roja del mago, y la cara cada vez más blanca del alcalde.

-No es especialmente notable- dijo, con un gesto como de asentimiento-, pero eso es parte de su encanto.

En ese momento, el mago de ego desmedido perdió la poca paciencia que poseía y, con unas zancadas firmes y seguras, se plantó delante del sacerdote, bloqueando su visión. El hombre al que el mago pretendía avasallar no pareció reaccionar a la amenaza.

-¿Se puede saber quién eres y qué demonios haces aquí?

-Eso- contestó el sacerdote- es un secreto.

La respuesta estaba muy lejos de calmar al mago, aunque no era como si el sacerdote se viera afectado. La cosa ya iba mal por si sola, pero fue en ese el momento en el que el jefe de la milicia decidió aparecer, sudoroso, con el rostro enrojecido y jadeante por la carrera. Detrás de él estaba la multitud que le había seguido, y unos cuantos refuerzos. Sin perder su sonrisa, el sacerdote los miró.

-¡Alto ahí! ¡Quedas detenido!- vociferó el hombretón.

-Son bastante insistentes, ¿verdad? Pero si no, no sería divertido.

El mago, lejos de encontrarlo entretenido, se hinchó cual lechuza amenazada, y un tanto calva, y señaló al sacerdote como si fuera a destruirlo en cualquier momento.

-¡Encierren a este…!

Pero antes de que pudiera acabar la orden, el clérigo había salido disparado hacia arriba, impulsado por un hechizo… justo a tiempo para que viera como una turba se le venía encima, atropellándole.

El sacerdote se había encaramado a la aguja de piedra del reloj de sol del ayuntamiento, con una ligera brisa tirando de su capa. Seguía con la guía en la mano, y ahora parecía estar pasando páginas en busca de una nueva atracción que visitar. El jefe de la milicia se había quedado a una distancia que le permitiera ver a su presa, gritando al mismo tiempo imprecaciones contra el individuo y órdenes a sus subordinados para que intentaran subir a cogerle. Los chicos intentaban convencer a su líder de que eso era imposible, puesto que no había acceso al tejado. Y en estas estaban cuando varias personas entre la multitud lanzaron gritos de espanto y se apartaron de un punto, abriendo un círculo irregular.

En el centro estaba el mago. El color de su cara encendida en furia era muy similar al de la remolacha. Las palabras de un hechizo salían de su boca como escupitajos.

-¡No!- gritó el alcalde, apartando a la gente a empujones-. ¡No lancéis eso aquí!

Pero era demasiado tarde. Una inmensa bola de fuego surcó los aires en dirección al incauto sacerdote.

-¡Vaya, qué susceptible!

Esas fueron las últimas palabras del individuo antes de desaparecer en el aire. Un segundo después, la bola de fuego impactó contra el reloj de sol, y la zona se sumió en una terrible explosión mágica.

Cuando el humo y el polvo se despejaron, en el cráter que antes había sido la plaza del pueblo, quedaban en pie solo dos personas, rodeadas de los doloridos murmullos de los ciudadanos y visitantes. Eran dos figuras rechonchas. Una de ellas estaba cubierta de hollín, y parecía a punto de estallar.

-Tal vez me he pasado con la potencia del hechizo- musitó el mago, más pensativo que avergonzado.

El alcalde cerró la distancia entre ambos a una velocidad inusitada, acercando su furioso rostro al del mago y clavando en sus ojos una mirada que decía que, como intentara cualquier cosa, sería hechicero asado.

-Ciertamente. La Asociación de Hechiceros de Atlas recibirá la factura de los daños causados. Espero el pago íntegro de los mismos, o mis cerdos tendrán un plato de carne especial.

Normalmente, el mago habría quemado a aquel iluso, pero cuando vio que el resto de los presentes comenzaban a levantarse, con expresiones iguales a las del alcalde, comprendió que la amenaza tenía muchos visos de verse cumplida.

-Po-por supuesto. Todo correrá de mi cuenta.

-Bien- dijo el alcalde-. Y ahora…

Se giró, lanzó su mano hacia un bulto lloriqueante que era el jefe de la milicia, y lo levantó en el aire.

-Espero que las explicaciones sean buenas.

El jefe de la milicia se encogió aún más, sabiendo lo que le esperaba.

Todo el peso de la ira del pueblecito que había dejado de ser el único no destruido por un mago caería sobre él. O eso, o los cerdos.
 


Lejos, a una distancia segura, Xellos ojeaba su nueva guía.

Los humanos eran de lo más divertido. Solo había que ver la que habían organizado en unos minutos. ¡Y estos ni siquiera le conocían! Había sido sin duda un viaje la mar de entretenido. Tal vez no tan destructivo como era habitual, pero había clases y clases. No se podían quejar, normalmente lo que habría quedado del pueblo habría sido un cráter aún más grande. Se tenía que preguntar cómo lograban mantener algún rastro de civilización entre tantas explosiones.

La verdad es que no había tenido ninguna intención secreta, ni siquiera un cierto interés en el pueblecito. Solo había ido allí a adquirir una nueva guía turística para su colección. No parecía gran cosa, pero, ¿qué clase de coleccionista sería si no la compraba?

Pero ahora…

Ahora tenía un artículo de coleccionista. Las guías que fueran a realizar, si es que el pueblecito no decidía volver a sus días de paz, serían completamente distintas. Solo habría unas pocas copias como la suya. ¡Un artículo auténtico y muy valioso! Que él fuera la causa inicial que había acabado en lo que había convertido su guía en un objeto de coleccionista, la destrucción del ayuntamiento, era algo que no le preocupaba. Si no sentía remordimiento alguno por las cosas que él hacía, desde luego no pensaba tenerlos por la estupidez de un par de individuos.

Y más cuando sus sentimientos negativos eran tan buen alimento. ¿Quién sabía? Tal vez debería volver a visitar aquel pueblecito…

Con una sonrisa conocedora, el sacerdote que no era tal, no según el entendimiento de aquellos que le habían perseguido, se desvaneció hacia el plano astral, dejando tan solo una imagen residual que desapareció como si nunca hubiera estado allí.