A veces sueña con su tierra.
Y ella corre.
Las vides
muestran sus frutos, tentadoras, pero las uvas están todavía verdes. Aún quedan
semanas antes de que acaben de teñirse de rojo y negro y morado. Entonces su
padre y su hermano las recogerán y las llevarán a la ciudad para venderlas a
los comerciantes de vinos. Tal vez este año la lleven con ellos al mercado.
Solo de imaginarlo, siente cómo se llena de alegría.
Pero todo
cambia repentinamente.
El cielo se
oscurece, por la llegada de la noche y por el humo. Frente a ella, una luz
naranja tiñe el negro. La silueta de la casa familiar, de su casa, está en el
centro, siendo devorada por las llamas. Incluso desde allí puede oír los gritos
de dolor, miedo, indignación y rabia. Corre y corre y corre, y tropieza. Cuando
alza su rostro manchado de barro, lo hace para ver cómo la casa se derrumba.
La llamaban la Ciudad de los Viñedos, dada la gran
cantidad de terreno dedicado a las vides. Muchas personas tenían pequeñas
parcelas, y la uva, de una excelente calidad, producía un vino afamado en todo
el continente. Había sido un lugar próspero y pacífico… Hasta que Sehji lo
invadió.
Abre los ojos y reconoce el techo de su habitación en
Kaer Thross. Suspira y piensa en lo mucho que le disgusta esta ciudad. En el
centro, los ricos mercaderes viven en suntuosos palacios, mientras que en los
arrabales la gente malvive, y sigue adelante como mejor puede. No hay duda de
que la economía de la ciudad es magnífica, pero solo unos pocos disfrutan de
esa riqueza.
¿Cuántas niñas alzan su rostro del barro para ver su
casa caer?
Le duele más porque sabe que podría ser peor.
Kaer Thross es cruel, pero no niega todas las
oportunidades ni cierra todas las puertas. Un hombre pobre puede mejorar si
sabe hacer uso de sus posibilidades, un ladronzuelo puede rehacer su vida si
realmente lo intenta, y un exiliado puede comenzar de nuevo. Dentro de lo malo,
no es lo peor. Mientras haya esperanza, se puede mejorar.
Lo sabe porque esta ciudad le ha brindado esa
oportunidad.
Podría coger un barco, probablemente. Podría bordear
la costa y llegar al otro lado del Muro,
la cadena montañosa que divide el continente en dos. Podría atravesar el océano
hacia el este y llegar a Kouryo. En realidad, no sabe por qué no lo hace. Solo
sabe que, cuando se lo plantea, siempre encuentra una excusa para retrasarlo.
Tal vez, se dice, tiene miedo.
Ha perdido ya un hogar, y siente pavor ante la idea de
perder lo poco que tiene. Al final, lo que la sujeta a Kaer Thross es el
pasado. Aunque ella no es originaria de la ciudad, precisamente porque no tiene
una ciudad a la que volver, se aferra al único sitio donde tiene una vida. Ni
siquiera sueña con volver a aquella tierra que la vio nacer, aun cuando en
ocasiones como ahora, siente un fuerte dolor en el corazón, como si le hubieran
arrancado un trozo, y sueña con el viñedo de su padre.
Porque ya no existe ese viñedo.
La ciudad más
allá de los campos de vides había sufrido uno de los peores ataques de entre
todos los estados conquistados por Sehji, y las columnas de humo podían verse a
varios kilómetros de distancia. Pero la niña cuya casa y cuya familia habían
quedado convertidos en cenizas no podía entender que alguien hubiera querido apropiarse
de la rica tierra, y que hubiera recurrido a la fuerza más terrible al no poder
obtener lo que deseaba con solo pedirlo. Ni tampoco podía entender el odio y la
rabia que había destruido su vida.
Sentada en el
barro, miraba las ruinas, sin que su pequeña mente pudiera asumir el desastre.
Incapaz de sentir pena, o dolor, o siquiera hambre a pesar de no haber comido
nada desde el día anterior, parecía esperar algo. O tal vez no esperaba nada.
Ella misma hubiera sido incapaz de describirlo, si alguien se lo hubiera
preguntado. Pero no había nadie que pudiera preguntar.
Así la
encontró el mercenario, un soldado contratado por los Archimagos. En un extraño
arrebato de lástima, el hombre recogió a la niña encerrada en sí misma, y la
llevó consigo.
Aquellas dos
vidas manchadas por la guerra se entrecruzaron en el campo de vides arrasado y
siguieron adelante, sin llegar nunca a llorar de forma abierta por la casa y la
familia que habían quedado convertidos en cenizas.
No hay venganza posible, y nunca podrá reclamar lo que
es suyo. Aún hoy, aún ahora, incluso si el temor a perderlo todo la invade, es
consciente de que incluso ahí, en esa ciudad fea que la atrapa, los que le han
arrebatado lo que es suyo por derecho son una amenaza. Un enemigo tan poderoso,
tan enorme, que una sola persona jamás podría derribarlo. Por mucho que las
leyendas y los rumores digan, una sola persona no puede destruir un imperio.
Sehji es, en su opinión, mucho más feo que Kaer
Thross. En este puerto, en esta ciudad, uno puede abrirse paso si tiene la
fuerza y las agallas suficientes. Pero en Sehji, la capacidad de avanzar viene
definida por la capacidad de usar
Tras lavarse con el agua de la jofaina en uno de los
extremos de su pequeña habitación, se pone la ropa y toma su espada, de la que
no se separa nunca. Siguiendo su rutina diaria, bajará a la pequeña taberna en
la planta baja, tomará un desayuno frugal, y se dirigirá a la cofradía de
mercenarios por si pudiera encontrar un trabajo. En esta ciudad de mercaderes,
incluso aquellos que alquilan sus espadas son un negocio regulado. Pero está
bien, supone, porque eso garantiza conseguir dinero de vez en cuando.
Piensa en ello mientras baja
Casi nunca fueron ciertos.
El hombre que
la recogió actuaba como tutor y maestro, y ejercía de padre y madre al mismo
tiempo. Le enseñaba su profesión, la profesión de un soldado, porque era lo
único que conocía. Su historia, la historia de este mercenario piadoso, era
aterradoramente similar a la de
Porque
tenemos que comer, fue la respuesta pragmática del hombre.
Pero aún así,
ni siquiera entonces podían comer todos los días. Las pocas ciudades que
todavía no habían caído bajo el Imperio Sehji se rendían por temor a la
destrucción que los Archimagos conjurarían si no lo hicieran. Los propios magos
rara vez se veían en la necesidad de contratar mercenarios, y cuando lo hacían,
la paga no correspondía con el riesgo, si es que pagaban. No estaba del todo
mal, de todas maneras, si lo comparaba con el resto de personas.
La gente que
no sabía magia eran peor que esclavos. Había visto a los campesinos trabajar
hasta el desmayo en tierras paupérrimas para luego ver cómo los recaudadores se
llevaban hasta el último grano. No tenían forma de esconder nada para ellos,
pues aquellos hombres, magos, parecían capaces de ver hasta el más mínimo
resquicio.
La niña de
diez años lo aceptaba, tal vez porque ella estaba en una situación mejor. Pero
en el fondo sabía que era un sinvivir. Y, a veces, soñaba con que corría entre
las vides.
En la taberna, la conversación es animada, algo poco
habitual a esas horas. Ha debido de pasar algo durante la noche, y tal vez eso
pueda ayudar al negocio de los mercenarios. Curiosamente, cuando algo ocurre
por la noche en esta ciudad, las peticiones de mercenarios se disparan. Se
dirige a su mesa, mientras intenta escuchar alguna de las conversaciones, pero
solo le llegan palabras sueltas. Algo sobre ladrones y más caras. Espera
pacientemente a que una de las hijas del tabernero, una chica dicharachera y
parlanchina, se acerque para poder preguntar al respecto.
-¡Ha vuelto Máscara de Ónice!- exclama la chica,
excitada.
Como su cara de desconcierto debe dar a entender que
no tiene idea de qué significa eso, la camarera comienza a explicarle la causa
de semejante revuelo. Lo que saca en claro es que un ladrón que había
desaparecido hacía ya más de diez años ha vuelto para retomar su carrera.
Escucha todos los rumores que la chica ha ido recopilando con deferencia,
aunque no le hacen falta rumores para saber que se trata de una persona
distinta a la de antes, que ha tomado el nombre y la figura de su predecesor.
Tanto da, la noticia tiene aspecto de garantizar
trabajo por parte de mercaderes asustados durante bastante tiempo. Puede que
incluso acaben dando una recompensa por atrapar al ladrón, si este es lo
suficientemente bueno como para dar esquinazo a la guardia durante un tiempo.
De momento, suena bastante prometedor, una oportunidad de oro.
Ha aprendido que hay oportunidades que no se deben
dejar pasar.
El hombre le
indicó que debía descansar, pues iban a salir de noche. Aquello preocupó aún
más a la chica, pero lo aceptó, como aceptaba todo lo demás. Se marchó a su
jergón e intentó conciliar el sueño hasta que llegara la hora de marchar.
Salieron
cuando el sol comenzaba a ocultarse en el horizonte, y llegaron al punto de
reunión cuando la luna comenzaba a alzarse por el este. Esperaron durante una
hora, que para ella pareció una eternidad, hasta que una sombra saltó de uno de
los lados del camino hacia ellos. Echó una mano a la espada, pero su maestro la
detuvo.
-Creí que
había dicho que vinieras solo- dijo una voz, con un tono sereno al tiempo que
frío.
-Es mi
protegida. Se viene conmigo
A la luz de
la luna, ahora era capaz de ver a la otra persona. Incluso en las sombras de la
noche, podía ver que era joven, apenas unos pocos años mayor que ella, y que
llevaba las ropas de un mago. El joven simplemente se encogió de hombros.
-Si piensas
que es lo mejor para ella… ¿Le has advertido de los riesgos?
-No creo que
pueda considerar “riesgo” a lo que estamos haciendo, si tenemos en cuenta este
país. ¿Qué has hecho, muchacho?
-Cumplir una
venganza.
Se hizo el
silencio, y el joven tomó la mochila con la ropa vieja y la espada, antes de
ocultarse para cambiarse de ropa. Cuando volvió, ya no parecía un mago… No
demasiado, al menos.
-¿A dónde
vamos?- preguntó el mercenario-. ¿A intentar atravesar el Muro?
-No. Es
demasiado arriesgado.
Una nueva
pausa, antes de que el mago volviera a hablar.
-Vamos a Kaer
Thross.
Y la
oportunidad se presenta sola. Y ella corre y la atrapa.
El recuerdo del arriesgado viaje hasta la ciudad de
los mercaderes le acompaña mientras camina por las calles. El disfraz les había
ayudado a pasar desapercibidos ante los agentes de los magos. Pero la pobreza
había empujado a mucos a la desesperación, y no eran pocos los que se habían
dedicado al bandidaje. En uno de aquellos asaltos su maestro había recibido la
herida que acabaría por matarle. Ella pensaba que la razón por la que nunca se
había recuperado era que estaba cansado de aquella vida.
¿Iba a ser igual para ella? ¿Acabaría muriendo a causa
de una herida solo porque no quería seguir luchando?
No podía saberlo.
La cofradía de mercenarios es un edificio oscuro y
desvencijado, no muy lejos del puerto. En estos momentos bulle de actividad,
mientras hombres de armas buscan un trabajo decente entre las ofertas. Mientras
observa las notificaciones, una voz
Por un momento, ella no dice nada. Le corroe la duda.
No puede evitar sospechar del trabajo; suena demasiado bueno, demasiado
sencillo. Puede suponer que cualquier mercader se siente amenazado por la
presencia de un ladrón que parece haber vuelto del reino de los muertos, pero…
¿un hombre tan importante que puede hablar directamente con el líder de la
cofradía y hacer ciertas exigencias? Los pocos que realmente pueden hacer eso
suelen contar con guardias personales, hombres entrenados para ser feroces en
la batalla, y que bien podrían matar a un ladrón, o bien a un infeliz guardia
que pasara por allí. Aunque, si lo medita, esa misma naturaleza agresiva puede
ser lo que preocupe al mercader. La paga, por otro lado, parece bastante buena,
suficiente como para que un mercenario se permita correr ciertos riesgos. Y no
puede evitar recordar que un trabajo similar le dio la oportunidad de escapar
del horror del Imperio de Sehji.
Finalmente acepta.
Y la oportunidad, más que presentarse sola, la agarra
del brazo y tira de ella para que corra.

