El Vuelo del Vasnar

Una suave brisa sopló sobre las pardas plantas del páramo, silenciosa, como si se avergonzara de hacer aquello para lo que había surgido. Tras ella vino la sombra, que cubrió durante un instante la zona para seguir deslizándose por el terreno abrupto y grisáceo. Sobre la sombra, en el cielo, volaba su origen: un dracnos, un pariente menor, y más dócil, de los dragones. Y sobre el dracnos montaba un vasnar.

Hubo un tiempo en el que el título de vasnar había tenido importancia, en el que el solo hecho de poseerlo garantizaba respeto, admiración y envidia. Hubo un tiempo en el que su nombre (¡tenía un nombre!) era murmurado en conversaciones importantes, su figura observada por todos como la de un héroe, y su corazón deseado por todas las mujeres que de él oían hablar. Hubo un tiempo en que vivía rodeado de gente.

Aquel tiempo se había desvanecido.

El vasnar observó la tierra bajo su montura. No recordaba que el páramo fuera tan grande. Antes podía cruzarlo en medio día de vuelo, tras avanzar sobre las llanuras y bosques que habían conformado su protectorado. Había sido una tierra excelente, y a menudo hablaba con sus gentes, campechanas y trabajadoras. En una colina en el centro de dicha tierra se había alzado una fortaleza, su fortaleza. ¡Ah, las altas almenas, los estandartes de vivos colores! Un hogar digno de su título.

Aunque no pasaba mucho tiempo en él. Sus servicios eran a menudo requeridos en la corte, así que las tareas de administrar sus tierras las llevaba un hombre de su entera confianza. Él se encargaba de defender su reino y su gente de todo aquello que los amenazara. Pero ya no quedaba nada. Todo destruido de un plumazo. Solo le quedaba su equipo, su montura y sus recuerdos.

Sus ojos vislumbraron vegetación más verde y agua más cristalina en un pequeño terreno más firme y rocoso. Sería un buen lugar para descansar.

—Bajemos, amigo— dijo, palmeando el lomo del dracnos. Su propia voz le sorprendió. Ni siquiera recordaba la última vez que había dicho algo.

El animal aterrizó con suavidad sobre la roca, y el vasnar pisó tierra. Buscó algo que le permitiera encender un fuego, pero no había leña que lo pudiera alimentar. Finalmente, se resignó a pasar la noche sin una hoguera. Tomó algo de carne en salazón y, tras la frugal cena, se dispuso a dormir.


Se observó por enésima vez, seguro de que algo en su vestimenta no estaba en su sitio. Pero la armadura, lacada en negro y con incrustaciones en plata, relucía; su ropa, también negra, estaba impecable. Su largo pelo negro había sido cuidadosamente peinado, y su aspecto general era elegante y distinguido. Todo estaba perfecto. ¿Por qué, entonces, se sentía como si llevara el traje de un bufón? Tal vez era porque se sentía como uno. Asistía año tras año a la tortura de aquellas fiestas, para ver aquello que ni siquiera su título podía concederle por más que lo deseara.

Ahí estaba, hermosa y radiante, blanca como un copo de nieve virgen. Su vestido era de seda, y su pálido cabello estaba recogido en un cuidadísimo peinado. Sobre su frente reposaba una tiara de oro blanco. Sonrió, una sonrisa cálida y amable. Pero esa sonrisa a él le causaba dolor. Era la única batalla que había perdido. Observó al hombre que estaba de pie junto a ella. Donde ella era como nieve, el era dorado como el sol. Vestido con ropajes de colores cálidos, el rubio cabello ensortijado cayendo desde la trabajada corona de oro, el rey de su reina alzó los brazos, acallando las conversaciones.

—Amigos míos, estoy orgulloso de teneros aquí con nosotros en esta fiesta— dijo—. Ahora, saludemos a mi hija, ¡que hoy cumple diez años!

Surgió de la sala una ovación a la que el vasnar se unió de mala gana, mientras los orgullosos padres dejaban el protagonismo a la encantadora niña de rubios tirabuzones. Procuró apartarse al lugar más oscuro y silenciosos de la sala, un lugar en el que pasara desapercibido.

Un lugar donde él, el único que le había derrotado, no pudiera dirigirle su sonrisa de triunfo.


Abrió los ojos a la luz del sol naciente, mientras el sueño (o el recuerdo) se desvanecía con los últimos jirones de niebla. Pero la puerta que había tenido encerrado dicho recuerdo estaba ahora abierta, y no se volvería a cerrar.

Hubo una reina. Era hermosa, muy hermosa, pálida como la luna. Sus largos cabellos eran blancos, sus ojos del azul de un cielo de invierno, y sus labios rojos como la sangre. No siempre fue una reina. Al principio, cuando la conoció, era la hija de un noble menor. No tenía títulos altisonantes ni grandes riquezas, pero era bella y grácil, y poseía más virtudes de las que ningún hombre pudiera desear de una mujer. Él la amaba, y habría hecho lo que fuera por tener su favor.

Pero antes de que pudiera decir o hacer nada, lo que más quería le fue arrebatado de las manos, sin esperanza de recuperación.

Hubo una reina. Vivía en un palacio tan blanco como ella, al otro lado del páramo. Pero la reina ya no existía.

El vasnar se puso en pie. El dracnos, medio dormido, gruñó a modo de saludo, y restregó la cabeza contra el cuerpo de su jinete. Éste sonrió y palmeó con cariño el largo cuello de la criatura.

—Buenos días a ti también, amigo. Será mejor que nos preparemos, aún queda un buen trecho.

Colocó los arneses, la silla, el bocado y la brida, como había hecho cientos de veces. Acarició la espada que colgaba de la silla, el arma con la que había derrotado a miles de enemigos. Se ajustó su escudo a la espalda y montó. A una orden suya, el dracnos alzó el vuelo, viró en dirección sur y prosiguió el viaje.

Más allá del páramo había habido bosques y tierras de cultivo, todas ellas bajo la supervisión directa del rey. Había mucha riqueza, pero él no la había deseado para sí. Aún así, le entristecía ver que tanto se había perdido. Ahora que volvía de su larga búsqueda se daba cuenta de que todo había sido en vano. Su mente volvió al pasado, a otro recuerdo que había olvidado.


—¡Al fin te encuentro! — exclamó la voz vibrante del rey—. Tengo un tema que tratar contigo.

—¿Qué deseáis, Majestad?

—Olvida los formalismos, somos viejos amigos. Querría haber tratado esto con más tranquilidad, pero encontrarte en palacio hoy en día es una rareza.

El vasnar no dijo nada. Durante los últimos años había intentado apartarse del palacio real todo lo posible, y si aún acudía a aquellas fiestas era porque no podía rechazar las invitaciones que su reina le enviaba.

—Me han llegado noticias de que en nuestro país vecino se ha desatado una epidemia terrible- continuó el rey—. Por lo que tengo entendido, la cura a dicha enfermedad es un artefacto conocido como el Trono de la Locura. Puedes imaginarte que, poseyéndolo, tendríamos ventaja en una futura negociación.

—Comprendo la situación.

—El artefacto está guardado por una bruja. Vive en el pantano que hace de frontera entre ellos y tus tierras. Quiero que se lo arrebates y me lo traigas.

—¿Ese es vuestro deseo? ¿Poseer el Trono de la Locura?

—Así es.

—Entonces, se verá cumplido.


El dracnos lanzó un chillido de alegría, y el vasnar alzó la vista, sorprendido. Más adelante había una aldea, alzándose en medio del erial. Comprendió la razón del regocijo de su montura, pero él sabía que era en vano. Recordaba la aldea. Antes estuvo viva, gente andando por sus calles y habitando sus casas. Ya no. Hubo muchas cosas en este reino que se perdieron.

Hubo un rey. Era un hombre inteligente y un buen gobernante. Tenía el cabello rubio rizado, y vibrantes ojos azules, y la piel de un tono tostado. Durante mucho tiempo lo llamó amigo, y los dos jugaban y competían. Hasta que le arrebató lo único por lo que habría dado hasta su alma. Y aunque se regodeara de este último triunfo, le fue leal como se esperaba de él, y nunca dijo nada.

Tal vez fuera un buen gobernante, pero no era tan buena persona como para merecer tanta lealtad.

Hubo un rey. Se sentaba en el trono en el palacio al otro lado del páramo, con una reina a su derecha. Pero el rey ya no existía.

El vasnar negó con la cabeza.

—Aquí no hay comida, chico. Sigamos.

El dracnos demostró su reticencia con un gruñido, pero obedeció las órdenes de su jinete. La sombra de la criatura voladora se deslizó sobre el pueblo muerto y continuó. El hombre observó en la lontananza, por fin, una línea de árboles y, tras ellos, en el lejano horizonte, la cadena montañosa que era su destino. ¡Cuantas veces había realizado este viaje! Pero esta vez estaba resultando demasiado pesado para él. Ya no era lo mismo que antes.

¡Cómo echaba de menos su antigua vida! Incluso aquellas inútiles fiestas en las que los demás parecían regocijarse de su dolor. Daría de nuevo la bienvenida a aquella dulce tortura, con tal de poder observar, una vez más, a su reina.

Si lo hubiera sabido...


Había esperado que la bruja viviera en el interior del inaccesible pantanal, pero encontró la casa de la anciana en las lindes del mismo. No era más que una choza de una habitación, hecha deprisa y mal. Encontró la puerta abierta, así que preparó su espada y su escudo, y entró.

Dentro no había más luz que aquella que penetraba tras él. Hubo una pausa, durante la que observó y escuchó, receloso, hasta que una tos seca rompió el silencio.

—Así que al final has venido, vasnar— dijo una voz cascada y enferma. Al otro extremo de la habitación se encendió una vela.

Lo que vio en ese punto fue un jergón de paja en el que se encontraba la anciana de aspecto más lamentable que hubiera visto en su vida. Sucia, vestida con harapos, el poco pelo que la quedaba cayendo de la cabeza en mechones lacios y apelotonados. Parpadeó como un topo que sale a la luz, antes de volver a hablar.

—Perdona, no he podido soportar la luz fuerte en los últimos días. Has venido a por el Trono de la Locura, ¿no es así?

—Sí, he venido a buscar ese artefacto— contestó en vasnar, ocultando la sorpresa que le causaba que la anciana supiera lo que quería con la experiencia que daban años de esconder sus emociones.

La anciana asintió.

—Si tanto lo quieres, llévatelo, no causa más que problemas. Encontrarás en la parte de atrás una carreta para trasportarlo. Pero antes, tengo que advertirte de algo.

—¿De que has de advertirme? No me he encontrado ningún peligro en este viaje que no supiera afrontar.

La risa cascada de la mujer se mezcló con su tos.

—Aquí, muchacho, está el mayor peligro de todos. Hace más de dos meses, tres hombres trajeron a mi casa el trono. Dijeron que había envenenado y matado a su rey. Los tres parecían estar enfermos, pero no le di mayor importancia. Hasta que, hace una semana, caí enferma yo también. Pregunté a los espíritus por el reino del que vinieron los hombres, y todos habían muerto.

»Los espíritus me dicen que esta fiebre no puede afectarte, por alguna extraña razón, pero si vuelves inmediatamente a tu hogar, tu reino también será presa de la muerte. Si te ocultas por tres meses y vuelves entonces, tu reino se salvará.

Un nuevo espasmo de tos sacudió a la anciana, y esta se recostó en la cama.

—Ahora, vete y déjame morir en paz.

Pero, cuando el vasnar salió de la casa, ideando como cargar el trono en la carreta, la advertencia de aquella vieja enloquecida había desaparecido de su mente. Una semana más tarde, él estaba en su fortaleza, y el trono iba camino de palacio.


Sobrevolaba ya el bosque, pero éste también había cambiado. Los árboles más cercanos al páramo no tenían ya hojas, y sus troncos grises estaban retorcidos, como si hubieran sido torturados. Los siguientes mantenían todavía su denso follaje, pero el brillante tono verde había sido sustituido por uno más oscuro y con menos vida. Temía que todo el camino fuera ahora así. Con su destino pasaba lo mismo.

Hubo un palacio blanco. Se alzaba gallardo en una colina, con las montañas negras, grises, azules y blancas de fondo. En sus muchas almenas se izaban los pendones con el escudo del reino. Por sus pasillos andaban nobles y sirvientes, en su patio de armas entrenaban los soldados. En él se urdían intrigas, se vivían romances, y todo tomaba en cierta medida el tono que tienen los cuentos de hadas. Incluso en sus sombras, donde él se ocultaba, todo parecía un cuento, una historia para dormir.

Hubo un palacio blanco. A la luz del sol se podía ver su brillo a lo lejos. Pero el palacio ya no era blanco.

El dracnos pareció sentir la angustia de su jinete, y lanzó un gemido lastimero, intentado girar la cabeza para mirarle al tiempo que procuraba mantener el rumbo. El vasnar le dio unas palmaditas cariñosas tranquilizadoras en el lomo. La criatura cejó en su empeño de echarle un vistazo, aunque con gran reticencia. El vasnar sonrió. Su montura había sido su único compañero en este largo viaje, su última misión. Había demostrado ser más digno de confianza y elogio que muchos humanos.

El bosque dio paso a tierras de cultivo abandonadas, invadidas por las malas hierbas. Aquí y allá se veían más y más pueblos abandonados. Algunos le eran conocidos. En todos ellos había estado al menos una vez. Y, al fin, pudo ver el palacio, que ahora era de un griz negruzco, sin brillo. No había pendones ondeando al viento, ni voces de bienvenida. No las había esperado, de todas maneras. No creía que fuera distinto de la última vez.


El mensaje poseía un tono de urgencia que no podía pasar por alto, y había montado en su dracnos apenas estuvo ensillado. No quería dejar su fortaleza; sus sirvientes habían enfermado y pocos podían seguir realizando sus tareas con normalidad. Durante el viaje de tres días, en el que apenas descansó, su mente no hizo más que darle vueltas a la advertencia de la bruja. Aunque fuera posible que le hubiera perseguido la enfermedad, no creía que fuera posible que todos sus sirvientes y todas las gentes bajo su protección murieran solo por eso.

Cuando su dracnos aterrizó en el patio de armas del palacio, no había nadie para recibirle. Ni siquiera en las cuadras, en donde dejó su montura, se veía un alma. Tampoco dentro del palacio, que ahora parecía apagado y algo gris. Recorrió con paso rápido los silenciosos pasillos que llevaban a la sala del trono. Pronto se encontró frente al portón de doble hoja tras el que se encontraba el enorme salón. Lo abrió de un empujón.

No había más iluminación que dos pebeteros situados cada uno a l lado del Trono de la Locura, que se alzaba donde antes habían estado los asientos de los dos monarcas. Y, sentado en el trono, estaba el rey. Se le veía demacrado, escuálido y enfermo, las sombras producidas por la escasa luz acentuando los rasgos del pálido rostro. En sus ojos había un brillo demente.

—Has venido— dijo el monarca.

—Me puse en camino apenas recibí la carta, Majestad— quiso seguir hablando, pero contuvo su lengua.

—¡Vamos, pregunta! — chilló el hombre rubio—. ¡Lo estás deseando! ¡Pregúntalo!

El vasnar se mordió el labio, inseguro por primera vez en mucho tiempo, y obligó a su boca a pronunciar las palabras.

—¿Qué ha ocurrido aquí?

—¡Tú! ¡Tú has ocurrido! — el enloquecido rey se inclinó hacia delante en el trono, apuntándole con un dedo acusador—. ¡El gran vasnar, el poderoso guerrero! ¡Siempre tú! No había cosa que hiciera, logro que consiguiera, que tú no superaras. ¡Siempre a tu sombra, incluso cuando yo era el rey y tú un simple caballero! ¡Creí vencerte una vez, casándome con la mujer que tú deseabas para ti, pero aunque su cuerpo fuera mío, tú ya tenías su corazón! ¡Mi propia hija me desprecia! Y cuando te envío a una misión que de alguna manera acabe contigo, ¡vences a la misma muerte, mientras que ella se ceba conmigo!

—No... No entiendo...

El rey soltó una carcajada áspera.

—¡No entiendes! ¿Qué hay que entender? ¡Es tan obvio! ¡Te envié a buscar esta maldita silla para que enfermaras y murieras! La única forma de que desaparecieras sin peligro a que me acusaran. ¡Pero en vez de morir, trajiste contigo una enfermedad a la que eres inmune! ¡Me muero! ¡Y tú vendrás conmigo!

Y dio un salto desde el trono, dispuesto a abalanzarse sobre él. El vasnar dio un paso hacia atrás, dispuesto a defenderse de aquel loco. Pero el desquiciado monarca, débil y enfermo como estaba, trastabilló y cayó rodando las escaleras que bajaban del trono. El vasnar corrió en su ayuda, pero era tarde: un fuerte golpe le había partido el frágil cuello.

Durante un momento se mantuvo arrodillado junto al cuerpo caído de su rey. Sin embargo, una preocupación acuciante le hizo ponerse en pie y volver a los pasillos abandonados. Siguió por un camino lleno de recovecos que habría de llevarle hasta los aposentos reales.

Abrió esta puerta con delicadeza y avanzó todo lo silenciosamente que pudo hasta el dormitorio. Permaneció en el umbral, sus peores temores confirmados. La reina yacía en el lecho, moribunda. La hermosa mujer, ahora poco más que un fantasma, se removió y volvió su cabeza hacia él.

—Has venido... — musitó.

—Lo antes que pude, mi reina— susurró él, acercándose y arrodillándose junto a la cama.

—¿Y mi esposo?

No tuvo valor para decirle lo ocurrido.

—En la sala del trono.

—Oh...- parecía algo decepcionada—. Esperaba verle antes de que mi hora llegara. Ha estado tan raro últimamente. Ese trono le hizo algo, pero antes de que pudiera convencerle de que se deshiciera de él, llegó la enfermedad, y empezó a morir gente. Los que no murieron se marcharon. Ahora solo quedamos nosotros dos y mi hija...

—Conservad vuestra fuerza, la necesitaréis si queréis recuperaros...

Ella le obsequió con una sonrisa triste.

—No, amigo mío. No voy a recuperarme. Y mi amado esposo padece mi mismo mal, ninguno de nosotros dos sobrevivirá a esta fiebre. Conozco tus sentimientos, y siento no haberlos correspondido. ¿Podrás hacerme un último favor?

—Lo que me pidáis.

—Mi hija... Está en algún sitio en el palacio. Ella no está enferma. Por favor, cuida de ella.

—Lo haré.

Ella volvió a sonreír.

—Sabía que podía confiar en ti.

Y ya no dijo nada más.


Con esta última imagen desvaneciéndose de su mente, el vasnar hizo aterrizar al dracnos en el patio de armas. Nadie salió a recibirle. Nadie le esperaba. Con calma, llevó a la criatura hasta la cuadra a punto de venirse abajo. Lo desensilló y le quitó el bocado y los arneses, y dejó una buena ración de carne para que pudiera comer. Encontró un barril que se había llenado con agua de lluvia y lo dejó cerca. El dracnos se acomodó en un rincón y, con un suspiro de satisfacción, se durmió. El vasnar le hizo una última caricia y salió de nuevo al patio, inmerso en los recuerdos tenebrosos que había intentado apartar.

Hubo una princesa. Era una niña encantadora de inmensos ojos azules, piel pálida y largos tirabuzones dorados como rayos de sol. Era hija de una reina hermosa y un rey hermoso, y ella era como una pequeña estrella. Era el doloroso recuerdo de lo que podría haber sido y lo que nunca fue, la más amarga señal de su derrota. Pero no la podía odiar por haber nacido de ese matrimonio, eso debía creer. Ni ella ni él habían elegido el camino a seguir, ni lo que habría de ocurrir en aquella ocasión.

Hubo una princesa. Vivía feliz en el palacio blanco que ya no lo era, con su madre la reina y su padre el rey.

Pero la princesa ya no existía.


La encontró en las cocinas, hecha un ovillo junto a una chimenea apagada, sollozando. Su delicado vestido azul estaba arrugado, rasgado y cubierto de hollín. Sus tirabuzones se habían convertido en una masa desgreñada de pelo. Estaba terriblemente delgada, pero por lo demás parecía perfectamente sana. Se acercó hasta que estuvo a tres o cuatro pasos de ella.

—Alteza— llamó.

La princesa se volvió hacia él, los ojos arrasados en lágrimas iluminándose con una chispa de reconocimiento.

—Tú eres el caballero de mi padre, ¿verdad? El que monta en el dracnos negro...

Él asintió y se puso rodilla en tierra. Ella se puso de pie y se acercó.

—¿Por qué has venido? ¿Te manda mi padre?

—Ha sido vuestra madre. Me pidió que os buscara.

—¡Oh! — la carita de la niña se puso triste—. Mamá se puso muy enferma, pero nadie quería atenderla. Papá también se puso malo, pero sigue en la sala del trono. Todos los demás se han ido.

Una pausa.

—¿Me puedes llevar con mamá?— preguntó la niña.

El vasnar apenas había oído la pregunta. Ya no veía frente a él a una niña de diez años asustada, sucia y probablemente hambrienta. Ya no veía el rostro de la hija de su reina. Lo que veía era la cara burlona de su rey, reflejada en una falsa expresión inocente. Veía la última broma, el último triunfo del hombre que le había arrebatado todo aquello que quería, aquello por lo que había luchado en vano. Con un movimiento tembloroso, cerró sus manos enguantadas alrededor del cuello de la niña. Ella le miró con una mezcla de incomprensión y miedo.

—¿Qué haces?

—¿No queríais ir con vuestra madre? Os llevaré de inmediato con ella.

Y apretó.


El vasnar recorrió los callados pasillos muertos, la última puerta de su memoria abierta al fin. Había huido del castillo, y había volado en busca de alguien que hubiera sobrevivido a la enfermedad, olvidando lo acaecido en el palacio, el crimen que había cometido. Pero ahora poco importaba. No quedaba nadie ya que pudiera acusarle, nadie que pudiera averiguar lo que había sucedido. Llegó a la sala del trono, que seguía con el portón abierto de par en par, y entró.

No había luz, pero poco importaba. Sabía dónde estaba todo en aquella sala. Avanzó con paso firme y subió las escaleras. Se mantuvo durante un rato de pie, observando la oscuridad y, en silencio, se sentó en el Trono de la Locura. Ahora era el rey.

El rey de un país muerto.

separador
menuinicio