Zaniah

A veces sueña con su tierra.


Vuelve a tener cinco años y corre riendo por el camino que se forma entre las dos hileras de vides. Pertenecen a su padre, uno de los muchos propietarios de viñedos de la zona. Es un hombre campechano y alegre, que mima sus cultivos como si fueran un tercer hijo. Son un pago por su servicio a la ciudad, por defenderla en tiempos de necesidad. Su padre trabaja en ellas junto con su hermano, un joven tranquilo y sensato que piensa casarse en breve. Su madre, una mujer vivaz y alegre, se ocupa de la economía doméstica.

Y ella corre.

Las vides muestran sus frutos, tentadoras, pero las uvas están todavía verdes. Aún quedan semanas antes de que acaben de teñirse de rojo y negro y morado. Entonces su padre y su hermano las recogerán y las llevarán a la ciudad para venderlas a los comerciantes de vinos. Tal vez este año la lleven con ellos al mercado. Solo de imaginarlo, siente cómo se llena de alegría.

Pero todo cambia repentinamente.

El cielo se oscurece, por la llegada de la noche y por el humo. Frente a ella, una luz naranja tiñe el negro. La silueta de la casa familiar, de su casa, está en el centro, siendo devorada por las llamas. Incluso desde allí puede oír los gritos de dolor, miedo, indignación y rabia. Corre y corre y corre, y tropieza. Cuando alza su rostro manchado de barro, lo hace para ver cómo la casa se derrumba.


La llamaban la Ciudad de los Viñedos, dada la gran cantidad de terreno dedicado a las vides. Muchas personas tenían pequeñas parcelas, y la uva, de una excelente calidad, producía un vino afamado en todo el continente. Había sido un lugar próspero y pacífico… Hasta que Sehji lo invadió.

Abre los ojos y reconoce el techo de su habitación en Kaer Thross. Suspira y piensa en lo mucho que le disgusta esta ciudad. En el centro, los ricos mercaderes viven en suntuosos palacios, mientras que en los arrabales la gente malvive, y sigue adelante como mejor puede. No hay duda de que la economía de la ciudad es magnífica, pero solo unos pocos disfrutan de esa riqueza.

¿Cuántas niñas alzan su rostro del barro para ver su casa caer?

Le duele más porque sabe que podría ser peor.

Kaer Thross es cruel, pero no niega todas las oportunidades ni cierra todas las puertas. Un hombre pobre puede mejorar si sabe hacer uso de sus posibilidades, un ladronzuelo puede rehacer su vida si realmente lo intenta, y un exiliado puede comenzar de nuevo. Dentro de lo malo, no es lo peor. Mientras haya esperanza, se puede mejorar.

Lo sabe porque esta ciudad le ha brindado esa oportunidad.

Podría coger un barco, probablemente. Podría bordear la costa y llegar al otro lado del Muro, la cadena montañosa que divide el continente en dos. Podría atravesar el océano hacia el este y llegar a Kouryo. En realidad, no sabe por qué no lo hace. Solo sabe que, cuando se lo plantea, siempre encuentra una excusa para retrasarlo.

Tal vez, se dice, tiene miedo.

Ha perdido ya un hogar, y siente pavor ante la idea de perder lo poco que tiene. Al final, lo que la sujeta a Kaer Thross es el pasado. Aunque ella no es originaria de la ciudad, precisamente porque no tiene una ciudad a la que volver, se aferra al único sitio donde tiene una vida. Ni siquiera sueña con volver a aquella tierra que la vio nacer, aun cuando en ocasiones como ahora, siente un fuerte dolor en el corazón, como si le hubieran arrancado un trozo, y sueña con el viñedo de su padre.

Porque ya no existe ese viñedo.


La niña de cinco años no podía entender por qué ahora estaba sola.

La ciudad más allá de los campos de vides había sufrido uno de los peores ataques de entre todos los estados conquistados por Sehji, y las columnas de humo podían verse a varios kilómetros de distancia. Pero la niña cuya casa y cuya familia habían quedado convertidos en cenizas no podía entender que alguien hubiera querido apropiarse de la rica tierra, y que hubiera recurrido a la fuerza más terrible al no poder obtener lo que deseaba con solo pedirlo. Ni tampoco podía entender el odio y la rabia que había destruido su vida.

Sentada en el barro, miraba las ruinas, sin que su pequeña mente pudiera asumir el desastre. Incapaz de sentir pena, o dolor, o siquiera hambre a pesar de no haber comido nada desde el día anterior, parecía esperar algo. O tal vez no esperaba nada. Ella misma hubiera sido incapaz de describirlo, si alguien se lo hubiera preguntado. Pero no había nadie que pudiera preguntar.

Así la encontró el mercenario, un soldado contratado por los Archimagos. En un extraño arrebato de lástima, el hombre recogió a la niña encerrada en sí misma, y la llevó consigo.

Aquellas dos vidas manchadas por la guerra se entrecruzaron en el campo de vides arrasado y siguieron adelante, sin llegar nunca a llorar de forma abierta por la casa y la familia que habían quedado convertidos en cenizas.


No es que no haya guardado luto por su familia, se dice mientras se prepara para un nuevo día. Una parte de su corazón todavía no ha dejado de llorar. Y es probable que siga llorando durante mucho tiempo, tal vez durante toda su vida. Es solo que ha protegido esa parte de su corazón, envolviéndola en capas y capas de cinismo, de aceptación y de necesidad. Sabe que nunca podrá curar esa herida. Por ello la cubre, la venda para que no le haga más daño, a fin de sobrevivir.

No hay venganza posible, y nunca podrá reclamar lo que es suyo. Aún hoy, aún ahora, incluso si el temor a perderlo todo la invade, es consciente de que incluso ahí, en esa ciudad fea que la atrapa, los que le han arrebatado lo que es suyo por derecho son una amenaza. Un enemigo tan poderoso, tan enorme, que una sola persona jamás podría derribarlo. Por mucho que las leyendas y los rumores digan, una sola persona no puede destruir un imperio.

Sehji es, en su opinión, mucho más feo que Kaer Thross. En este puerto, en esta ciudad, uno puede abrirse paso si tiene la fuerza y las agallas suficientes. Pero en Sehji, la capacidad de avanzar viene definida por la capacidad de usar la magia. En un lugar así, las personas como ella que no tienen ni la mínima pizca de poder arcano están condenadas a ser esclavos de los magos. No tienen piedad ni remordimientos, porque los que no usan la magia no son más que cucarachas desde su punto de vista. Su sistema, así como las ambiciones de los magos, acaban con la vida de todos aquellos que pudieran mostrar un poco de piedad.

Tras lavarse con el agua de la jofaina en uno de los extremos de su pequeña habitación, se pone la ropa y toma su espada, de la que no se separa nunca. Siguiendo su rutina diaria, bajará a la pequeña taberna en la planta baja, tomará un desayuno frugal, y se dirigirá a la cofradía de mercenarios por si pudiera encontrar un trabajo. En esta ciudad de mercaderes, incluso aquellos que alquilan sus espadas son un negocio regulado. Pero está bien, supone, porque eso garantiza conseguir dinero de vez en cuando.

Piensa en ello mientras baja la escalera. No siempre se tiene tanta suerte. Ella misma lo sabe. Hasta el golpe de fortuna que les arrojó a Kaer Thross, sabía lo que era no comer durante días. Tal vez esa sea otra de las razones por las que permanece allí: no tentar a la suerte. Los cantos de sirena, las promesas de una vida mejor, es algo que teme escuchar.

Casi nunca fueron ciertos.


La niña de diez años ahora entendía las causas por las que ya no corría entre las vides.

El hombre que la recogió actuaba como tutor y maestro, y ejercía de padre y madre al mismo tiempo. Le enseñaba su profesión, la profesión de un soldado, porque era lo único que conocía. Su historia, la historia de este mercenario piadoso, era aterradoramente similar a la de la niña. Le había preguntado muchas veces por qué trabajaba para aquellos que mataron a su familia, en un momento de madurez que era de esperar en alguien que había sufrido como ellos lo habían hecho.

Porque tenemos que comer, fue la respuesta pragmática del hombre.

Pero aún así, ni siquiera entonces podían comer todos los días. Las pocas ciudades que todavía no habían caído bajo el Imperio Sehji se rendían por temor a la destrucción que los Archimagos conjurarían si no lo hicieran. Los propios magos rara vez se veían en la necesidad de contratar mercenarios, y cuando lo hacían, la paga no correspondía con el riesgo, si es que pagaban. No estaba del todo mal, de todas maneras, si lo comparaba con el resto de personas.

La gente que no sabía magia eran peor que esclavos. Había visto a los campesinos trabajar hasta el desmayo en tierras paupérrimas para luego ver cómo los recaudadores se llevaban hasta el último grano. No tenían forma de esconder nada para ellos, pues aquellos hombres, magos, parecían capaces de ver hasta el más mínimo resquicio.

La niña de diez años lo aceptaba, tal vez porque ella estaba en una situación mejor. Pero en el fondo sabía que era un sinvivir. Y, a veces, soñaba con que corría entre las vides.


En la taberna, la conversación es animada, algo poco habitual a esas horas. Ha debido de pasar algo durante la noche, y tal vez eso pueda ayudar al negocio de los mercenarios. Curiosamente, cuando algo ocurre por la noche en esta ciudad, las peticiones de mercenarios se disparan. Se dirige a su mesa, mientras intenta escuchar alguna de las conversaciones, pero solo le llegan palabras sueltas. Algo sobre ladrones y más caras. Espera pacientemente a que una de las hijas del tabernero, una chica dicharachera y parlanchina, se acerque para poder preguntar al respecto.

—¡Ha vuelto Máscara de Ónice!— exclama la chica, excitada.

Como su cara de desconcierto debe dar a entender que no tiene idea de qué significa eso, la camarera comienza a explicarle la causa de semejante revuelo. Lo que saca en claro es que un ladrón que había desaparecido hacía ya más de diez años ha vuelto para retomar su carrera. Escucha todos los rumores que la chica ha ido recopilando con deferencia, aunque no le hacen falta rumores para saber que se trata de una persona distinta a la de antes, que ha tomado el nombre y la figura de su predecesor.

Tanto da, la noticia tiene aspecto de garantizar trabajo por parte de mercaderes asustados durante bastante tiempo. Puede que incluso acaben dando una recompensa por atrapar al ladrón, si este es lo suficientemente bueno como para dar esquinazo a la guardia durante un tiempo. De momento, suena bastante prometedor, una oportunidad de oro.

Ha aprendido que hay oportunidades que no se deben dejar pasar.


La chica de dieciséis años observaba los preparativos con cierta medida de intranquilidad. Su maestro maldecía a cada paso, pero a pesar de su obvio enfado, no dejaba de poner a punto las armas y preparar lo necesario para un largo viaje. Le sorprendió que incluyera algunas de sus viejas ropas y una espada de más en una mochila aparte. Él no había querido decirle para qué servía eso, ni por qué la necesitaba para este trabajo, o siquiera el trabajo que tenían que realizar.

El hombre le indicó que debía descansar, pues iban a salir de noche. Aquello preocupó aún más a la chica, pero lo aceptó, como aceptaba todo lo demás. Se marchó a su jergón e intentó conciliar el sueño hasta que llegara la hora de marchar.

Salieron cuando el sol comenzaba a ocultarse en el horizonte, y llegaron al punto de reunión cuando la luna comenzaba a alzarse por el este. Esperaron durante una hora, que para ella pareció una eternidad, hasta que una sombra saltó de uno de los lados del camino hacia ellos. Echó una mano a la espada, pero su maestro la detuvo.

—Creí que había dicho que vinieras solo— dijo una voz, con un tono sereno al tiempo que frío.

—Es mi protegida. Se viene conmigo

A la luz de la luna, ahora era capaz de ver a la otra persona. Incluso en las sombras de la noche, podía ver que era joven, apenas unos pocos años mayor que ella, y que llevaba las ropas de un mago. El joven simplemente se encogió de hombros.

—Si piensas que es lo mejor para ella… ¿Le has advertido de los riesgos?

—No creo que pueda considerar “riesgo” a lo que estamos haciendo, si tenemos en cuenta este país. ¿Qué has hecho, muchacho?

—Cumplir una venganza.

Se hizo el silencio, y el joven tomó la mochila con la ropa vieja y la espada, antes de ocultarse para cambiarse de ropa. Cuando volvió, ya no parecía un mago… No demasiado, al menos.

—¿A dónde vamos? — preguntó el mercenario—. ¿A intentar atravesar el Muro?

—No. Es demasiado arriesgado.

Una nueva pausa, antes de que el mago volviera a hablar.

—Vamos a Kaer Thross.

Y la oportunidad se presenta sola. Y ella corre y la atrapa.


El recuerdo del arriesgado viaje hasta la ciudad de los mercaderes le acompaña mientras camina por las calles. El disfraz les había ayudado a pasar desapercibidos ante los agentes de los magos. Pero la pobreza había empujado a mucos a la desesperación, y no eran pocos los que se habían dedicado al bandidaje. En uno de aquellos asaltos su maestro había recibido la herida que acabaría por matarle. Ella pensaba que la razón por la que nunca se había recuperado era que estaba cansado de aquella vida.

¿Iba a ser igual para ella? ¿Acabaría muriendo a causa de una herida solo porque no quería seguir luchando?

No podía saberlo.

La cofradía de mercenarios es un edificio oscuro y desvencijado, no muy lejos del puerto. En estos momentos bulle de actividad, mientras hombres de armas buscan un trabajo decente entre las ofertas. Mientras observa las notificaciones, una voz la llama. Es el líder de la cofradía. Un importante cliente ha solicitado a la cofradía que le faciliten a los mejores hombres de los que puedan disponer. El salario es bastante alto, pero el hombre, según el líder de la cofradía, no quiere tener a nadie que esté por debajo de un cierto estándar. Por eso, es el líder el que está decidiendo a quién debe enviar. Ella es la primera en la que ha pensado. No puede, sin embargo, decir mucho del trabajo, aparte de que al parecer el hombre tiene un puesto de suma importancia en la ciudad, y que se siente realmente amenazado por la presencia del recién aparecido ladrón. Reitera, una vez más, que la paga es buena.

Por un momento, ella no dice nada. Le corroe la duda. No puede evitar sospechar del trabajo; suena demasiado bueno, demasiado sencillo. Puede suponer que cualquier mercader se siente amenazado por la presencia de un ladrón que parece haber vuelto del reino de los muertos, pero… ¿un hombre tan importante que puede hablar directamente con el líder de la cofradía y hacer ciertas exigencias? Los pocos que realmente pueden hacer eso suelen contar con guardias personales, hombres entrenados para ser feroces en la batalla, y que bien podrían matar a un ladrón, o bien a un infeliz guardia que pasara por allí. Aunque, si lo medita, esa misma naturaleza agresiva puede ser lo que preocupe al mercader. La paga, por otro lado, parece bastante buena, suficiente como para que un mercenario se permita correr ciertos riesgos. Y no puede evitar recordar que un trabajo similar le dio la oportunidad de escapar del horror del Imperio de Sehji.

Finalmente acepta.

Y la oportunidad, más que presentarse sola, la agarra del brazo y tira de ella para que corra.


Horas más tarde, se encontrará con que ha caído en una trampa, traicionada por el hombre que la ha contratado. Aferrará la mano del hombre de la guardia con el que se estaba enfrentando segundos antes, y este tirará de ella, ayudándola a escapar. Los dos se sentarán durante unos instantes, jadeando, en la oscuridad de la noche. Luego ella le ofrecerá su ayuda a cambio de la oportunidad de darle una lección a ese tipo. El sonreirá y preguntará por su nombre.


—Soy Zaniah. Zaniah de Aledia.

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